Boletín N° 5
LOS NOMBRES DE LA ANGUSTIA EN EL MAL VIVIR ACTUAL
IV Jornadas
Noviembre 17, 18 y 19 2006
Guayaquil - ECUADOR
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EL ESTILO (GLAMUR, ENCANTO, CARMA) DE LA CASTRACIÓN EN EL MACHO
El factor clínico que más me llama la atención en relación a la elaboración lacaniana sobre la angustia concierne a la manera innovadora por la cual se concibe lo que Lacan designa como "verdad primaria" de la castración, con consecuencias sobre la aprehensión de los modos de goce tanto en la sexuación femenina como en la masculina. Me llama la atención que diez años antes de "Aun", o sea, en su seminario "La angustia", Lacan es llevado a anticipar la hipótesis clínica de la excepcionalidad del goce femenino, pues en esta época, este ya se configura como un goce marcado por límites fugaces y tenues. La idea de fondo que poco a poco se explicita, en ese seminario es que si esos límites están casi ausentes es porque en lo femenino hay algo que se sitúa además de la castración. Si Lacan todavía no posee la lógica intrincada de las fórmulas de la sexuación, sin embargo, sus formulaciones sobre la angustia, viabilizarán una visión, hasta entonces, inédita de la castración, pues, esta deja de ser simbólica, deja de ser relativa a la inscripción del Otro, deja de ser secundaria con relación al factor fundante del Nombre del Padre para ese Otro.
Las afinidades de lo femenino con la castración
Se sabe que, en Freud, por ejemplo, la relación del sujeto a la castración es tratada como efecto de la relación al Padre. Este reenvío al padre es casi siempre modulado entre la rebelión activa y la sumisión pasiva, entre el deseo de muerte y la necesidad de ser amado, vía estrecha por la cual se decide sea la identificación viril, sea la feminización, (mediante el padre). ¿Eso qué quiere decir? Lo masculino se caracteriza por la revuelta contra la castración, encarnada sobre la forma de la amenaza que se origina en torno a la figura del padre. Al contrario, consentir, abandonarse al placer y las delicias de la castración es la llave para elucidar la región oscura de lo femenino. La castración se confunde con la amenaza de todo lo que en el Otro es representativo de la presencia del padre. Por otro lado, para el hombre, si la castración se confunde con la amenaza de castración, ser castrado es un equivalente de lo femenino. No me voy a detener en las diversas alusiones del texto de Freud, alusiones que dejan implícita las afinidades de lo femenino con la verdad propia de la castración.
Ahora, lo que el seminario sobre la angustia demuestra, con todas las letras, es que la castración no es del Otro, ni tampoco que ella es simbólica o secundaria con relación al padre. La verdad de la castración, dice Lacan, en la página 200 de la versión brasilera del seminario, es fundamentalmente, primaria en la medida en que emerge sobre la égida de su matriz corporal y biológica. La raíz biológica de la castración se expresa, así, por el uso del órgano copulatorio en el macho, particularmente, por su mecanismo de tumescencia y detumescencia, esencial al orgasmo en la especie humana. Interesa precisar aquí el carácter de pieza suelta del objeto fálico que en tanto gancho u órgano de fijación está sometido a una metamorfosis del funcionamiento a pesar del propio sujeto masculino. La verdad, la detumescencia es apenas una de las expresiones de corte, de la separación, o del desaparecimiento de la función del órgano. En ese sentido, es la pieza suelta, y la disyunción entre la función órgano que yace en el plano de fondo de esta definición anatómica de la castración. Vean entonces, que la verdad primaria de la castración, con sus connotaciones anatómicas operan una verdadera inversión en la visión freudiana, a saber: la castración pasa a estar más del lado macho que del lado femenino de la sexuación.
La falta en el centro del goce masculino
Las consecuencias de este cambio, de este giro, para la clínica, son innumerables. Del punto de vista del hombre, esas implicaciones inciden sobre el hecho de que la función fálica se muestra marcada por la falta, por el signo (-), y que hace que sus ligazones con el goce, con el objeto tenga que pasar por la negativización del falo y por el complejo de castración. En otros términos, la relación del hombre con el goce, con el objeto, nunca es una relación directa e inmediata. Es siempre una relación mediada por la castración, por (- phi ). Esto quiere decir que el centro de la economía del goce masculino, el deseo, la falta, el (- phi ) –términos equivalentes–, asumen el estatus de un nudo (núcleo, nódulo) necesario.
Desde el punto de vista de la mujer, ese razonamiento es llevado a las últimas consecuencias.
Salta a los ojos la hipótesis de que con relación a la función del objeto de la mujer "no falta nada". ¿Si "no falta nada a la mujer" por qué, entonces, tomar el penisneid como el término último y esencial del funcionamiento del goce femenino? – indaga Lacan–. Es lo mismo que nos dice, en la lección XXXIII, "Aforismos sobre el amor", que ese es el punto original que busca trasmitir en su elaboración sobre la angustia. La mujer se revela así "superior en el campo del goce", una vez que no tiene que pasar por el nudo del deseo y el complejo de castración en lo tocante a su relación con el objeto-causa.
Se recuerda, el ejemplo de Tiresias que, en la condición de quien fue mujer durante el intervalo de siete años, y yendo a dar testimonio, delante de Júpiter y Juno sobre la cuestión del goce: "el goce de las mujeres es mayor que el del hombre", concluye el oráculo. Más que un cuestión de proporción, la superioridad del goce en la mujer indica su vínculo flojo con el nudo del deseo, con el nudo del (- phi ) que, como se dice, es el centro del deseo masculino.
Decir que ese goce suplementario, propio de lo femenino, no pasa por la falta, por la castración, no significa que las mujeres estén exentas de otras limitaciones. Con relación al acceso al objeto, ella se compara con el deseo del Otro que, en última instancia, se traduce por la limitación impuesta al hombre por su relación con el deseo, fuertemente determinada por la marca del signo (-) que tiene origen en la parte inferior del vientre del macho. En definitiva la limitación de la mujer no es el goce, más sí, la limitación del hombre. Es lo que condujo a Lacan a afirmar que en el reino de los hombres hay siempre presencia de alguna impostura, pues, delante, de una mujer él trata, a toda costa esconder su limitación. El síntoma de lo masculino emerge con relación a ese riesgo, casi siempre inminente, de que ser hombre resbala sobre la impresión de que puede tornarse un fanfarrón. Contar bravatas, alardear de coraje donde el inexistente, es una de las vías de colocarse en el lugar de otro. Más que un valor moral, la impostura caracteriza la ineficiencia inherente al sujeto masculino en el trato con el objeto causa de deseo.
Don Juan y la impostura masculina
A ese respecto, el ejemplo clínico del personaje Don Juan es bastante sugestivo. Lejos de hacer de esta narrativa un mito referencial para el universo masculino, se escoge, al contrario, la tesis, ciertamente clínica, de que se trata de un "sueño femenino". De acuerdo con lo que se anunció antes, Don Juan es un mito femenino porque el se transforma en un hombre a quien no faltaría nada. Con esta tesis clínica se recusa la perspectiva edípica, en la cual el seductor inveterado aparece como alguien que anhela desesperadamente encontrar la mujer. En el momento preciso en que ese encuentro tropieza inesperadamente con el invitado de piedra, en ese adjunto de lo femenino que es el padre.
Al contrario, el faro clínico de Lacan se opone a esa perspectiva, al mostrar la lógica del objeto causa de deseo envuelta en la narrativa de ficción. O sea, se demuestra la relación compleja del objeto –siempre pasando por la negativización del falo–, relación que está, de alguna manera neutralizada y, así mismo, apagada en el personaje. Es claro que esto es hecho al precio de aceptar su impostura radical., todo el prestigio de Don Juan es una aceptación de esta impostura. En ese sentido, Don Juan no es, de forma alguna, un hombre que inspira el deseo y, por eso mismo, no angustia a las mujeres.
Al contrario, el se infiltra en la cama de las mujeres y, llega ahí, sin saber como esto aconteció. Se puede decir que el deseo él tampoco lo tiene. Si no tiene el deseo, lo que el hace, en el fondo, es responder lo que el Otro femenino quiere de él. Por lo tanto, se entrega a la impostura de cumplir un papel delante del goce femenino, y someterse a lo que Don Juan conoce muy bien, o sea, adora la mujer. Para entregarse a ella, es preciso propiamente hablando, un hombre. El donjuanismo es la estrategia de alguien que como a una mujer, no le falta nada, y por tanto, sitúa a la mujer, en el lugar opuesto del que es la causa del deseo, o sea, transforma a la mujer en objeto absoluto.
Dejar caer la creencia en la mujer
Para concluir, yo diría, que ser hombre es dejar caer la creencia en ese objeto absoluto de goce cuya encarnación última es La Mujer. Incluso todavía que marcada por algún trazo de depreciación.
Al final ese desvanecimiento de la creencia es propio, paradójico del hombre que consiente con la limitación propia de su acceso al objeto femenino. En mi punto de vista, el pasaje de este absoluto de objeto para la mujer en cuanto causa, se traduce así: lo que restaría de un hombre en el momento que se dejó de creer en ella, creer lo bastante para dedicarse a ella. En efecto, lo que restaría de la experiencia de análisis, de aquello que ella hace percibir, de aquello que esta le hace acceder, cuando esta creencia no fuese más que una superstición.
Se toma aquí la superstición, más por las vías de la sobrevivencia que por las impurezas de una creencia. Me refiero al sentido etimológico –es el propio Lacan que nos indica esa vía– de superstición que como supertitio tiene origen en supertes , esto es sobreviviente. Se dice que la creencia en la mujer se torna, al final del análisis, una superstición es porque se sabe que no basta vencerla (la superstición en cuanto culto de un falso Dios, en cuanto una cierta modalidad de creencia) para que sus efectos sean apaciguados. Alerto todavía –y la experiencia de un análisis lo demuestra–, que es preciso sospechar de todo discurso que se revela en la apología de la descreencia o también, de lo que se presente como "un triunfo completo de la desilusión, pues, se que de un momento a otro, acaba por manifestarse algún resto de superstición. Es bien probable que la superstición se haga presente para apuntar lo que sobrevive, lo que subsiste y continúa a existir cuando el padre no existe más, para mostrar aquello que califica ese sobreviviente-hombre.
Jesús Santiago
Traducido por:
Violeta Arboleda
Asociada NEL - Guayaquil

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