El Rostro del Goce
Aura Ambeliz, María Carmen Di Bartolomeo, Guida Díaz,
Andrea González, Lorena Greñas, Patricia Quevedo,
Stephanie Rudeke, Consuelo Vallejo
Asociadas de la NEL-Guatemala
Biblioteca en construcción del Campo Freudiano de Guatemala
“El goce ha muerto, ¡viva el goce! Helo aquí, helo allá,
no está menos vivo que la verdad y, como ella, habla entre líneas”
(Jacques-Alain Miller)
Abstract: A falta de un significante que nombre a La Mujer, cada una se verá enfrentada al cuestionamiento por lo femenino. Grace, personaje femenino dentro del film titulado "Dogville" del director Lars von Trier permite ilustrar cómo la sexuación viene a poner el punto de singularidad en tanto la posición ante el sexo es elección de goce. Ella llegará a este pueblo buscando una respuesta a su pregunta y será a través de Tom, personaje masculino inmerso en la lógica fálica, que irá montando su propia mascarada, la cual se descubrirá al final anudada a un goce particular. Este caso único nos lleva a profundizar en lo que para la clínica de orientación lacaniana connota el término “inclasificable”. A pesar de que en este trabajo se utiliza el cine para ejemplificar un tipo clínico, no se puede sacar de allí un “caso clínico” pues no se trata de un sujeto en análisis.
Ante la carencia de un significante que nombre a La Mujer, cada una irá en busca de la propia solución a su falta en ser.
Grace, personaje femenino del film Dogville ilustrará a partir de su propia mascarada articulada a su goce particular, las diferentes elecciones a las cuales puede recurrir cada mujer en su anhelo de suplir ese vacío.
Al inicio del film, se entrevé que Grace ha sostenido una disputa con el Padre en la que ella le señala lo que no le gusta de él, su arrogancia; huye antes de que él pueda responderle y éste contrariado le dispara con un arma de fuego. Como dice Freud, los reproches dirigidos a un otro “nos hacen sospechar de una serie de reproches de igual contenido contra la propia persona” (1). Este personaje llega a Dogville, pueblo habitado por sujetos muertos en cuanto al deseo, dominados por un discurso regulador del goce fundamentado en una moral basada en el Bien.
En esa errancia de quien ha quedado a la deriva, Grace se encuentra con el personaje masculino Thomas Edison Jr., quien se ofrece como el poseedor de un saber a partir del cual se podrán iluminar todos aquellos aspectos oscuros del alma humana. Tom, inmerso dentro de una lógica fálica influenciada por los ideales de la Ilustración, considera tener la respuesta a todo aquello que compete al sujeto. La solución para Grace, razona Tom, será el ser aceptada por Dogville lo cual, a su vez, le permitirá a él instruir a sus habitantes acerca de la aceptación.
Para lograr ser acogida, Grace manejará, adoptará, hará respetar y hasta fabricará los semblantes culturales con los cuales irá armando la mascarada que pone en escena.
En ese intento de seducir a los habitantes del pueblo, Grace escenifica una primera elección: hacerse ser falo. Este es el momento en el que ella se ofrece a los habitantes para “hacer algo que les gustaría que se hiciera pero que no crean necesario” (2). A partir de este vestirse de falo, la relación entre los habitantes del pueblo y Grace irá dando como fruto una serie de siete figurillas de porcelana que va adquiriendo con el pago a sus labores. Entran en una armonía idílica en la que todos parecen estar atrapados, Tiempos Felices en Dogville: “tú [Grace] has hecho de Dogville un lugar maravilloso donde vivir, quédate con nosotros cuanto quieras” (3). Es en este momento que algo, una ley mentirosa, irrumpe y se cuestiona la investidura fálica de Grace.
Los habitantes del pueblo intensifican las demandas dirigidas a Grace y ella en un afán de responder a ese llamado a partir de las instrucciones de Tom, se va haciendo enteramente objeto a, se va haciendo puro objeto del fantasma de cada habitante del pueblo que presta su guión al despliegue de una economía perversa que llega a imperar.
La insistencia de Tom por probar que, a partir de sus teorías, él tiene la solución tanto para Grace como para el pueblo, tiene como efecto un imposible que va tomando forma; eso que ya comenzaba a vislumbrarse cuando Tom le dice a Grace: “Creo que he hecho un análisis bastante bueno de la gente de este pueblo y creo que los entiendo de modo significativo pero cuando trato de descifrarte, no llego a ningún lado” (4).
El abuso hacia Grace se intensifica: trabaja sin parar, sin paga, la humillan y la violan repetidamente, situación que culmina en la destrucción de las figurillas de porcelana “como si se desintegrara tejido humano” (5), esas estatuillas que eran “la prueba de que a pesar de todo su sufrimiento había creado algo de valor” (6).
Grace queda sin nada al estilo de la mujer pobre que Lacan utiliza para ilustrar el S
otra elección abierta a la mujer.
Es aquí que el Padre viene a rescatarla nombrando su ser de goce. Diciéndole: esto eres tú, arrogante, todo lo demás es un engaño: su investidura fálica, su identificación al objeto a, su posición de S
se descubren como semblantes, como parte de una mascarada que toma forma a partir de su articulación a un goce particular.
-- Padre: “me llamaste arrogante y eres tú la arrogante”.
-- Grace: “¿soy arrogante porque perdono a la gente?”
-- Padre: “no puedes ver lo condescendiente que eres al decir eso, tienes esta noción preconcebida de que nadie escucha, nadie puede alcanzar los mismos estándares éticos que tú, así que los exoneras, no puedo pensar en algo más arrogante que eso”.
-- Grace: “son seres humanos papá... ¿todos los seres humanos deben ser responsables de sus acciones?”
--Padre: “claro que sí, pero ni siquiera les das esa oportunidad y eso es extremadamente arrogante, te quiero a morir, pero tú eres la persona más arrogante que he conocido y me llamas a mi arrogante” (7).
La mascarada cae, el pueblo aparece bajo una nueva luz y la posición de Grace se revela otra. Va más allá del Padre y el significante “arrogante” queda como otro semblante más; el significante se muestra insuficiente para atrapar eso que existe en ella; pareciera decirle al Padre: “Soy lo que soy”.
Se revela Otra para sí misma; pone en acto ese Otro goce, más allá del falo, el cual ya se entreveía en el instante que Grace le roba el hueso a Moisés, el perro que da nombre al pueblo; éste “le ladra como si estuviera frente a frente con una fuerza que debía ser tomada en serio” (8). Un goce que ya se anunciaba en las mujeres del pueblo cuando deciden enseñar a Grace una lección y rompen todas las figurillas, y que habla dentro de ella previo a mostrar su rostro: “cuando un sentimiento irritante de perder el tiempo se apoderó de ella y fue sin pensar que entonces dijo las palabras: nadie dormirá aquí. No las dijo en voz alta pero aún así la sorprendió el comentario que había surgido de ella. ¿De dónde habrían surgido estas palabras nefastas?” (9)
Grace da rienda suelta a eso que discurre dentro de ella y acaba con el pueblo al ordenar el asesinato de todos los habitantes; pide que maten a cada uno de los siete hijos frente a su madre y que no paren a menos que ésta no derrame una lágrima: ella personalmente se encarga de Tom quien se aferra con ahínco a sus semblantes para proteger, hasta el último instante, su tener.
El mismo padre, queda sorprendido, y le pide que lo instruya acerca de lo sucedido ya que excedió lo que él, como jefe de los gánsters, podría concebir.
Al quedar todo consumido por las llamas, el único sobreviviente descubre su rostro por fin. Algo que se había venido gestando lento, sigiloso, indestructible, voraz: “el misterio absoluto fuera del falo” (10).
Texto presentado por la Biblioteca en construcción del Campo Freudiano de la NEL-Guatemala en el III Encuentro Americano de Psicoanálisis; Belo Horizonte, Brasil, agosto del 2007.
Notas:
(1).- Freud (S.), “Análisis Fragmentario de una histeria (Caso Dora)” (1905), “Obras Completas”, t. III, Madrid: Luis López-Ballesteros y De Torres, 1997, p. 951
(2).- Lars von Trier, “Dogville”, 2003, Producción: Vibeke Windeløv; Dinamarca.
(3).- Idem
(4).- Idem
(5).- Idem
(6).- Idem
(7).- Idem
(8).- Idem
(9).- Idem
(10).- Miller, Jacques-Alain, “De la naturaleza de los semblantes”, Buenos Aires: Paidós, 2002, p.