PIPOL III
Intervención de Hugo Freda
Analista Miembro de Escuela (AME) de la Asociación Mundial de Psicoanálisis (AMP),
de la École de la Cause Freudienne (ECF-Paris),
y de la Escuela de la Orientación Lacaniana (EOL).
1897
“Heme aquí de nuevo de buen humor e impaciente de encontrarme en Breslau, es decir de verte de nuevo y de escuchar todo lo que tu tendrás a bien enseñarme sobre la vida y sobre la manera en que ella te revela la marcha del mundo. Esta cuestión me ha siempre interesado mucho pero, hasta ahora, no había encontrado a nadie que fuera capaz de darme una respuesta. Si acontece ahora que dos seres, el uno pudiendo decir lo que es la vida y el otro revelando (aproximadamente) lo que es el espíritu, ¿cómo no encontrar justo que ellos tengan la ocasión de encontrarse y de discutir?”
En este pasaje de su correspondencia, el especialista en el espíritu Sigmund Freud afirma la necesidad de reencontrar y de conversar con un especialista de la vida, Wilhelm Fliess.
La vida es una noción más bien oscura. Ella no es verdaderamente conceptualizada en nuestro campo. El psicoanálisis no es una teoría de la vida. No obstante, y de modo muy frecuente, escuchamos hablar de la vida pasada y de la vida actual, de la vida que cada paciente sueña tener. Cada uno hace de su historia personal un sinónimo de la vida. Generalmente, se trata más bien de lo vivido que se define por su carácter inmutable, fijo. Una presencia activa que no está sometida a la usura del tiempo. Lo vivido más o menos consciente queda como traza indeleble, ordenando la existencia y tejiendo la trama de lo que el hombre llama su destino.
La vida de la que habla Freud deja entrever un sentido completamente diferente. Se trata de una noción que cambia, que está sometida al tiempo, a los acontecimientos, a la marcha del mundo, como él lo dice. Es un hecho un poco paradójico en alguien que ha hecho de lo que no se modifica, que se repite y que no sufre de la usura del tiempo, el núcleo duro de su creación. Descubrimos un Freud interesado por lo que se modifica y sus incidencias en la teoría y en la práctica analítica.
Ahora bien, ¿cómo definir en términos más actuales la vida? Les propongo hacer del discurso y de lo Real un sinónimo de la vida. Tomo aquí una definición simple del discurso: el discurso es lo que nos rodea y que determina la subjetividad de una época. Esta es la vida que cambia con “la marcha del mundo”, en la cual Freud se interesa.
¿Y por qué? La respuesta me parece simple. Porque el destino del psicoanálisis está determinado por ese movimiento. La cuestión, que se plantea de manera urgente, es la siguiente: ¿qué deviene el psicoanálisis y el acto analítico si no tenemos en cuenta “la marcha del mundo”? Percibo dos riesgos. El primero es la pasión por el pasado. El segundo corresponde al deslizamiento oscuro hacia lo religioso. El psicoanálisis y los psicoanalistas pueden volverse prisioneros de tal movimiento, si no escuchan lo Real en juego hoy.
Lacan fue el único psicoanalista que después de Freud prestó atención a los dos riesgos que acabo de describir. Las indicaciones de Lacan a ese respecto son múltiples. Concerniendo lo que llamo la pasión por el pasado, el psicoanálisis puede desviarse en esa vía. Todo paciente que inicia una cura analítica trata de encontrar una causa, una razón, un acontecimiento traumático susceptible de explicar lo que lo abruma con el fin de terminar con su sufrimiento. Hacer de la historia familiar, de la infancia, del pasado lo que determina la existencia es moneda corriente. Sin embargo, en ciertos casos el par papá-mamá no es suficiente para resolver el enigma de una existencia que no tiene el mínimo sentido.
Así, ese hombre que se remontó hasta el siglo XVI con el fin de encontrar la causa de su síntoma en su historia familiar. Antes de venir al CPCT, este desdichado había compartido esta creencia con el analista que lo había sostenido en esa búsqueda perdida.
Esto nos permite percibir que la pasión del psicoanalista es el Edipo. Su ilusión es que la verdad se encuentre entre las manos de papá-mamá, sin darse cuenta que hay un Real que permite a todo niño encontrar su propia existencia. Es a esta ilusión que Lacan puso punto final haciendo del Edipo un mito. Lacan ha elevado la ecuación falo-castración a la categoría de nudo, postulando un más allá del Edipo y del padre, con el fin de volver al sujeto responsable de su decir. Las estructuras Neurosis, Psicosis y Perversión son aprehendidas como modalidades de defensa respecto a lo Real.
En ese desmonte, ¿qué queda del inconsciente? Un agujero ni más ni menos. Un agujero que no contiene otro secreto que la falta misma. Hasta ese punto, Lacan sigue la huella de Freud que se da cuenta al final de su vida que, en realidad, del inconsciente, no tenemos la más mínima idea. Salvo la forma que toma cuando el psicoanalista hace de su acto una creación psicoanalítica.
El segundo impasse concierne el deslizamiento hacia la religión. Esta inclinación es señalada por Lacan como posible: declara que es él mismo quien la introduce. Según él, la única manera de evitar que el psicoanálisis se vuelva una religión es reducir el peso de lo simbólico al interior de su teoría. Se trata de introducir un Real que impide al sentido resbalar hacia un infinito casi religioso. Los tres registros Real, Simbólico e Imaginario son homogenizados, toman el mismo valor. Una cierta evaluación de su acto es posible a partir de variables propias al psicoanálisis. Lo real se presenta de una forma abrupta en nuestra clínica actual, aparece sin ley, sin forma, sin por qué ni cómo. Al Real “de la marcha del mundo”, Lacan opone lo Real psicoanalítico. Es ésta, su política. Él hace la apuesta de que esta puesta en orden de un Real desordenado por un nuevo Real es un acto que no es solamente psicoanalítico, sino que se trata de un acto político.
Entonces, la cuestión se plantea: ¿qué es un psicoanalista? En principio, es una invención de Freud, más precisamente, una invención a partir del Real inventado por el psicoanálisis. Ahora más que nunca, esta invención está concernida por “la marcha del mundo”.
El psicoanalista y su praxis están en el ángulo de mira de las llamadas ciencias que se ocupan del sufrimiento humano. Y eso por una razón simple: porque más allá de todo orden de determinación, lo Real psicoanalítico ofrece a cada sujeto un espacio donde su decir puede hacer resonar esa “x” que Lacan en el Seminario XI, nombra “libertad”, aquella que precisamente se encuentra iniciada por la marcha del mundo.
Ahora, cambio de tono, soy convocado por Pipol 3. Somos todos convocados en tanto que analistas para responder a esta “toma directa sobre lo social”. Mi experiencia durante cuatro años en el CPCT me ha enseñado muchas cosas. En particular, tengo una cierta idea de aquello que el Otro de lo social quiere de los psicoanalistas. El Otro social quiere sobre todo que los psicoanalistas permanezcan en sus consultorios y si por necesidad, son obligados a salir de allí, deben cubrirse con un diploma universitario. Es decir todo, menos presentarse como psicoanalistas. Entonces, ¿qué significa “los psicoanalistas en la ciudad?”. Nuestra política es clínica. Ella considera el uno por uno. Lo que no nos impide evaluar nuestra acción. El único problema es que evaluamos a nuestra manera. Demostramos lo que hacemos cuando estamos presentes en la ciudad.
Por consiguiente, el Otro social puede aceptar eventualmente que haya psicoanalistas, pero no hombres políticos para una política psicoanalítica en la ciudad. El Otro social quiere sobre todo que la peste psicoanalítica no se propague más.
Sin embargo, a pesar de la advertencia que nos ha sido dirigida, he recibido en el marco del CPCT un niño acompañado de sus padres. Sufría de hiperactividad, o mejor, él era un hiperactivo, según su familia. He aquí ya un pequeño matiz en la presentación. “Sufrir de” no es la misma cosa que ser. Recibir del otro un nombre, aquel de hiperactivo, no es idéntico a “no poder quedarse en un lugar un sólo instante”. Hacer de un síntoma un nombre no es equivalente a nombrar las coordenadas que determinan un sufrimiento. Existe una separación entre identificarse a un nombre nuevo y nombrar una división.
Evidentemente, mi pequeño paciente no se manifestaba para nada por medio de esa hiperactividad. Al contrario, me hacía entender por qué no podía quedarse “en un lugar” como él decía, haciéndose el eco de la palabra de los otros.
Él no podía quedarse “en un lugar”, porque la metáfora no quita nada al valor de cada significante. El analista debe diferenciar la metáfora que elimina el sujeto, del significante que puede eventualmente representarlo. Él no permanece “en un lugar”, es cierto. Pero, ¿cuál era su lugar? Su lugar en el discurso del otro era conocido: él hacía parte de la lista de los hiperactivos. Pero entonces, ¿dónde estaba su lugar propio, aquel desde donde podía querer o desear? La orientación de la entrevista lo deducía. Se trataba de arrancarlo del lugar asignado por el Otro de la estadística y de la enumeración con el fin de que pudiera encontrar el suyo, aquel al que lo convidaba el analista.
La entrevista fue la ocasión de operar un desplazamiento abordando la vida familiar. El padre, informático, permanecía siempre “en su lugar”, amarrado casi a su silla porque pasaba sus jornadas delante de su computadora.
La madre, gravemente enferma, permanecía continuamente “en un lugar”, impedida en su desplazamiento. Ella debía pronto someterse a una intervención quirúrgica cuyos resultados eran inciertos. El pronóstico vital estaba comprometido. Su enfermedad degenerativa le impedía toda movilidad.
Estaba entonces aquel que debía permanecer en su lugar para trabajar y aquella que no podía hacer otra cosa que permanecer en un lugar. Tal era el trabajo de nuestro pequeño sujeto: realizar el deseo del padre de tener una actividad que le permitiera “no quedarse en un lugar” con el fin de gozar de su cuerpo y de la vida, así fuera un poco. Pero también, realizar el deseo de su madre de no estar enferma y poder volver a su trabajo, no quedarse en un lugar 24 horas sobre 24. Su hiperactividad era su hipersensibilidad al deseo de sus padres, acompañado de una fuerte angustia, porque “permanecer en un lugar” era una metáfora que se refería a la terrible realidad del riesgo corrido por su madre antes o después de su intervención quirúrgica. Atenazado entre la angustia y el deseo de sus padres, este pequeño paciente intentaba a la vez exorcizar la muerte por su hiperactividad y realizar el deseo de su padre.
Durante la consulta, este pequeño paciente permaneció en su silla, muy atento a los relatos de sus padres. El analista, después de haber escuchado las variaciones del quedarse en un lugar, se dirige al niño en los siguientes términos: “Tú haz permanecido muy tranquilo durante la entrevista, seguramente haz escuchado bien lo que tu padre y tu madre han dicho. Tienes razón al estar muy preocupado por tu mamá y esa preocupación te impide mantenerte más tranquilo”. Él confirma que pensaba mucho en su mamá y que estaba muy inquieto por ella. Añado: “Tienes miedo que ella permanezca en un sólo lugar, es decir, que desaparezca, esto es, que muera”. Con un movimiento de la cabeza, él confirma lo que yo acababa de decir, lo que me permitió agregar: “Ahora, sabemos todos porque no puedes quedarte en un lugar y que, en este momento difícil para ti, tu padre estará siempre a tu lado y te mantendrá enterado de la salud de tu mamá, sobre todo después de la operación que va a tener próximamente. Debes también saber que estoy a tu entera disposición y que puedes venir a verme cuando quieras”. La familia no podía venir regularmente al CPCT. Algunas semanas después supe que la madre iba bien luego de la operación y que el pequeño paciente no manifestaba más el comportamiento por el cual había venido a consultar.
¿Quién, sino este pequeño paciente, estaba en toma directa con lo social? Era un hiperactivo y lo que le proponía el Otro social era volverse un “hiper-pasivo”, e incluso un indiferente. Estaba identificado a tal punto con el “permanecer en un lugar” que a los ojos de los otros se volvió aquel que representaba un “uno” de más en una numeración, en una clasificación. Venido como signo al interior de un conjunto de signos, su “agitación” era el nombre de ese conjunto. Tomado por la locura del Otro de querer nombrar, este muchacho se había vuelto la metonimia viva. En consecuencia, la operación analítica consistió en hacer de esta metonimia del deseo loco del Otro un juego deseante.
Encontrar un psicoanalista en el CPCT, es bien eso. Se trata de producir un pasaje. Frente a la “marcha del mundo” cuya locura nominativa tiende a borrar el sujeto en nombre de la individualidad, el psicoanálisis propone una definición del sujeto que incluye un agujero, un vacío, donde la muerte se aloja como condición de la libertad.
Traducción del francés: Mario Elkin Ramírez O.