Consecuencias clínicas del encanto anatómico
de la castración en el hombre


Jésus Santiago
Psicoanalista Miembro de la Asociación Mundial de Psicoanálisis (AMP)
y de La Escola Brasileira de Psicanalise (EBP-Belo Horizonte)

El factor clínico que más me llama la atención en lo concerniente a la elaboración lacaniana sobre la angustia,  es el relativo a la manera innovadora en la que se concibe lo que Lacan designa como “verdad primaria” de la castración, con consecuencias sobre la aprehensión de los modos de goce tanto en la sexuación femenina como en la masculina. Allí, una nueva comprensión de la sexualidad femenina constituye la fuente última de reconsideraciones sustanciales sobre la propia concepción del tratamiento psicoanalítico. Es claro que el mayor ejemplo de esto es la invención,  en el Seminario  Aún, de la tensión entre lo universal de la lógica fálica y el carácter particular y suplementario del goce femenino.

Me llama la atención, que, diez años antes de Aún, o sea, en su Seminario 10 La Angustia, Lacan sea llevado a anticipar la hipótesis clínica de la excepcionalidad del goce femenino, pues, en esta época, este ya se configura como un goce marcado por límites huidizos y tenues. La idea de fondo, que poco a poco se explicita en este Seminario, es que esos límites están casi ausentes debido a que, en lo femenino, hay algo que se sitúa por fuera de la castración. Si Lacan aún no continúa la lógica intrincada en las fórmulas de la sexuación, no es porque sus fórmulas sobre la angustia no viabilizan una visión, hasta entonces inédita de la castración, sino porque, ésta deja de ser simbólica, deja de ser relativa a la inscripción del Otro, deja de ser secundaria, con relación al factor fundador del Nombre-del-Padre para ese Otro.

Las afinidades de lo femenino con la castración

Se sabe que en Freud, por ejemplo, la relación del sujeto a la castración es tratada como efecto de la relación al Padre. Esa remisión al padre es casi siempre modulada, entre la rebelión activa y la sumisión pasiva, entre el deseo de muerte y la necesidad de ser amado, vía estrecha por la cual se decide sea la identificación viril, sea la feminización ante del padre. ¿Qué es lo que eso quiere decir? Lo masculino se caracteriza por la revuelta contra la castración, encarnada bajo la forma de la amenaza que se origina en torno de la figura del padre. Al contrario, consentirla, abandonarse al placer y a las delicias de la castración es la clave para elucidar la oscura región de lo femenino. La castración se confunde con la amenaza de todo lo que en el Otro es representativo de la presencia del padre. Por otro lado, para el hombre, si la castración se confunde con la amenaza de castración, ser castrado es un equivalente de lo femenino. No voy a detenerme en las diversas alusiones del texto de Freud, pero son alusiones que dejan implícito las afinidades de lo femenino con la verdad propia de la castración.

La castración del lado del macho

Lo esencial de las formulaciones de Lacan sobre la angustia, demuestra con todas las letras, que la castración, dice Lacan en la página 200 de la versión brasilera del Seminario, es fundamentalmente primaria, en la medida en que emerge bajo la égida de su matriz corporal y biológica. La raíz biológica de la castración se expresa así, por el uso del órgano copulatorio en el macho, particularmente, por su mecanismo de tumescencia y detumescencia, esencial para el orgasmo en la especie humana. Interesa enfatizar aquí, el carácter de pieza suelta del objeto fálico que en tanto gancho u órgano de fijación está sometido a una metamorfosis del funcionamiento rebelde al propio sujeto masculino. En verdad, la detumescencia es apenas una de las expresiones del corte, de la separación o de la desaparición de la función del órgano, inherente a esta nueva concepción de la castración. Y la pieza suelta, es la disyunción entre la función y el órgano, que fortalece el plano de fondo de esta definición anatómica de la castración. Se ve entonces, que la verdad primaria de la castración, con sus connotaciones anatómicas operan una verdadera invención en la visión freudiana, a saber: que la castración pasa a estar más del lado macho que del lado hembra de la sexuación.

Las consecuencias de esta transformación, de este giro radical, para la clínica, son innumerables. Desde el punto de vista del hombre, esas implicaciones inciden sobre el hecho de que, la función fálica se muestra marcada por la falta, por la señal menos (-), y hace que, respecto a su lazo con el goce, con el objeto, el hombre tenga que pasar por la negativización del falo y por el complejo de castración. En otros términos, la relación del hombre con el goce, con el objeto, nunca es una relación directa e inmediata. Es siempre una relación mediada por la castración, por el (-φ). Esto quiere decir que en el centro de la economía del goce masculino, el deseo, la falta, o el menos phi (-φ) -términos equivalentes- asumen el estatus de un no necesario.

La mujer es superior en el campo del goce

Desde el punto de vista de la mujer, ese planteamiento es llevado hasta las últimas consecuencias. Salta a los ojos la hipótesis de que, con relación a la función del objeto  a la mujer “No le falta nada”. Si “no le falta nada a la mujer” ¿por qué, entonces, tomar el Penisneid como el término último y esencial del funcionamiento del goce femenino? –se pregunta Lacan. Él mismo nos lo dice en la página 200, y ese es el punto original que busca transmitir en su elaboración sobre la angustia. La mujer se revela así, “superior en el campo del goce”, ya que no tiene que pasar por el no del deseo y del complejo de castración, en lo concerniente a su relación con el objeto-causa. Puede recordarse, en este momento, el ejemplo de Tiresias, quien tuvo la condición de mujer durante siete años, y que fue llamado a dar testimonio sobre la cuestión del goce, delante de Júpiter y de Juno. “¡El goce de las mujeres es mayor que el de los hombres!”, concluye el oráculo. Pero, relativo a la cuestión de la proporción, la superioridad del goce de la mujer, indica un único vínculo flojo con el objeto del deseo, con el no del (-φ) que, como se dice, es el centro del deseo masculino. Es por eso que la mujer es tomada por Lacan, como mucho más real y verdadera que el hombre. Ella sabe el valor de la medida de aquello con lo que lidia en el deseo, en la medida en que expresa tanto una tranquilidad como un cierto desprecio por la equivocación del deseo, lujo que el hombre no puede ofrecerse.

Las mujeres no son inmunes a las limitaciones

Decir que ese goce suplementario, propio de lo femenino, no pasa por la castración, no significa que las mujeres estén exentas de otras limitaciones. Con relación al acceso al objeto, la mujer se presenta como el deseo del Otro que, en última instancia, se traduce por la limitación impuesta al hombre en su relación con el deseo, fuertemente determinada por la marca de la señal menos (-φ), que tiene origen en la parte inferior del vientre del macho. Es lo que conduce a Lacan a afirmar que en el reino de los hombres hay siempre la presencia de alguna impostura, pues, delante, de una mujer, intenta, a toda costa, esconder sus limitaciones. El síntoma masculino emerge con relación a ese riesgo, casi siempre eminente, de que ser hombre se desliza hacia la imprecisión, de que puede volverse un fanfarrón. Contar bravatas, alardear coraje donde no existe, es una de las vías para colocarse en el lugar de otro. Pero del cual, por la impostura, un valor moral caracteriza la ineficiencia inherente al sujeto masculino en el trato con el objeto causa del deseo.

Don Juan es un mito femenino

A este respecto, el ejemplo clínico del personaje de Don Juan es bastante sugestivo. Lejos de hacer de este relato un mito referencial para el universo masculino, se elige, al contrario, la tesis, ciertamente clínica, de que se trata de un “sueño femenino”. De acuerdo con lo que se enunció antes, Don Juan es un mito femenino porque él se transforma en el hombre al que no le faltaría nada. Con esa tesis clínica se rechaza la perspectiva edípica, en la cual, el seductor inveterado aparece como alguien que anhela desesperadamente encontrar la mujer. En el momento preciso en que ese encuentro acontece tropieza inesperadamente con el “convidado de piedra”, ese más allá de lo femenino que es el padre.

Al contrario, el se introduce en la cama de las mujeres y, llega allí sin que se sepa como acontece esto. Se puede decir que el deseo, tampoco él lo tiene. Si no tiene el deseo, en el fondo, lo hace es responder por lo que el Otro femenino quiere de él. Por tanto, entregarse a una postura y cumplir un papel delante del goce femenino es someterse a lo que Don Juan conoce muy bien, o sea, el “Odor di femina”. Para entregarse a éste, es preciso alguien que esté en el lugar de otro. ¿Quién es ese otro? Es otro que no es, propiamente hablando, un hombre. El donjuanismo es la estrategia de alguien que como a una mujer, no le falta nada, y, por tanto, sitúa la mujer, en el lugar opuesto de lo que es la causa del deseo, o sea que transforma la mujer en un objeto absoluto.

Dejar caer la creencia en La mujer

Para concluir, yo diría, que ser hombre es dejar caer la creencia en ese objeto absoluto de goce, cuya encarnación última es La mujer, así esté marcada por algún rasgo de depreciación. Al final, ese desvanecimiento de la creencia es la propia paradoja del hombre que consiente la limitación propia de su acceso al objeto femenino. Desde mi punto de vista, el pasaje de este absoluto del objeto hacia la mujer en cuanto causa, se traduce así: lo que resta en un hombre en el momento en que cesó de creer en ella, lo hace creer lo suficiente para dedicarse a ella. En efecto, lo que restaría de la experiencia del análisis, de aquello que el hace percibir, le permite acceder a ella, cuando descubre que esta creencia no fue más que una superstición.

Se toma aquí, la superstición, pero por la vía de la supervivencia de las impurezas de una creencia. Me refiero al sentido etimológico –es propio de Lacan que nos indique esa vía- de superstición que como “superstitio” (término latino) tiene origen en “supertes”, esto es, “sobreviviente”. Se dice que la creencia en la mujer se vuelve, en el final del análisis, una superstición porque se sabe que no basta vencerla (la superstición en cuanto culto de un falso Dios, en cuanto una cierta modalidad de creencia) para que sus efectos sean apaciguados. Ahora alerta –y la experiencia de un análisis lo demuestra-, que es preciso sospechar de todo discurso que se enarbola como la apología de la descreencia o también, del que se representa como “un triunfo completo de la desilusión”, pues, de un momento a otro, termina por manifestarse algún resto de superstición. Y es muy probable que la superstición se haga presente para manifestar lo que sobrevive, lo que sobrevive, lo que subsiste y que continúa existiendo cuando el padre ya no existe más, para mostrar aquello que califica a ese hombre-sobreviviente.

Si la mujer está más libre de la amenaza de castración ¿no está, sin embargo, más expuesta a la privación? Es decir, a la pérdida real de un objeto simbólico, cuyo agente es imaginario. Inventarse un ser es un pivote que no siempre basta para entrar en relación con el sin límite del goce del cuerpo o de su tramitación mediante la demanda de amor.

Por poco que el tener le estorbe, a menudo se encuentra inmersa en la experiencia del estrago frente a la madre o a la pareja, que, nuevamente, puede colocarla frente a una experiencia de despojo, cuando no, sometida a las exigencias del superyó materno.

Un límite tiene, efectivamente, el precio de someter la dialéctica del objeto causa del deseo al partenaire y, según el caso, ese exceso puede provocar otro: el desencadenamiento de una demanda de amor enloquecedora. Un despliegue verdadero de lo que no la sustenta del todo.

Traducción: Mario Elkin Ramírez. Título em português: Conseqüências clínicas do charme anatômico da castração no homem
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