Antoni Vicens
Analista Miembro de Escuela (AME) de la Asociación Mundial de Psicoanálisis (AMP)
y de Escuela Lacaniana de Psicoanálisis (ELP-Barcelona)
Rosine y Robert Lefort estuvieron en Barcelona en 1986 y en 1990, y una tercera vez en Tarragona, esa vez para dictar una conferencia sobre Las señoritas de Aviñón de Picasso (1). La novedad y el frescor de su discurso nos llegaron muy adentro. Ciertamente, lo que en aquel momento nos interesaba más eran los problemas planteados por la clínica con los niños, pero también, a través de ellos, los referentes a la clínica del objeto y al trabajo analítico con los psicóticos. Pero a ese interés se le añadió, con una lógica que ellos supieron deducir, y como interpretación dirigida a nosotros, que entonces andábamos faltos de Escuela, la cuestión de la formación de los analistas.
Recuerdo oírles hablar sobre esos casos que no solamente elevaban a la condición de paradigma, sino que se presentaban también como agujero vivo en la memoria de Rosine, la cual, siendo una joven analista, se había entregado atrevidamente y sin todo el saber que hubiera convenido a una experiencia tan singular y tan bien guiada. Nosotros intentábamos seguir la manera cómo Rosine Lefort trataba lo real con una suposición de saber cuyo testimonio obteníamos en la misma responsabilidad que ella encarnaba en el uso de la palabra frente a nosotros, con nosotros. Nos hicieron sentir que la presencia que nos era ofrecida en esas jornadas era la misma de que habían gozado el niño del lobo, Nadia o Marie-Françoise; pero también la que ella había encarnado frente a Lacan, quien le había indicado el buen uso del sentido nuevo que ella descubría.
La transferencia estaba en la base de todas esas citas. Mi recuerdo va entonces a la primera de sus visitas a Barcelona. Aquella noche, después de una magnífica cena en un restaurante de la calle de Avinyó, con la que concluíamos una jornada de trabajo alrededor de la clínica lacaniana, y mientras paseábamos, hicimos alusión al título del cuadro Las señoritas de Aviñón, de Picasso, y al hecho de que se refería a la calle por la que paseábamos. Eso les sorprendió. Seguimos entonces nuestro paseo por las Rambas, donde vimos a esas señoritas que significaban la proximidad y la solicitud de un goce que, bajo las apariencias de la resignación fálica, no cesa de hacerse presente como una mancha sobre el cuadro urbano. Entonces entramos en la plaza Real. Y allí, apoyados en el borde de la fuente, les oímos canturrear al unísono el Himno al amor de Edith Piaf.
Pero a pesar de las ideas de fusión o de unión que se pueden evocar a propósito de aquella pareja, no puedo dejar de considerar que ellos nunca se resolvían a ser sólo dos, o ni siquiera uno. O bien aparecían empujados hacia un imposible que les descompletaba, o bien hacían serie, no con los niños de la clínica, sino con las sesiones, cuyas notas, tomadas por Rosine Lefort como soporte de su clínica, seguían ardiendo con una lumbre aún viva, tal como la mirada de Picasso sigue arrancándonos los ojos para hacernos mirar su cuadro. Como él, Rosine y Robert Lefort se hacían los mediadores entre lo real y la transmisión, al precio de mirar al lobo frente a frente.
Otro recuerdo aún de su presencia fue la evocación que Robert Lefort hizo en un momento de Rosine como hija de Geneviève Tabouis,(2) y que Rosine recordaba la visita a su casa de Julio Álvarez del Vayo, ministro de Asuntos Exteriores de la República Española. Lamento no haber sabido preguntar más sobre esa visita; hubiera podido enterarme de si fue en la ocasión ofrecida por la Exposición Universal de París en 1937, aquella que acogió el Guernica de Picasso. Quizá hubiera sabido si la suerte de meteoróloga de la política internacional que era aquella periodista singular no había tenido su parte, como le sucedía a veces, por lo que dicen, en la fabricación de alguno de los acontecimientos de la política española.
Sea como fuere, la clínica que Rosine Lefort y Robert Lefort nos transmitieron respondía a las condiciones requeridas: prestar atención a los signos del amor, hacer la buena lectura del sentido del goce y tener visión política para defender como conviene el vínculo social que es el psicoanálisis.
Aprendimos entonces cómo Rosine Lefort, en su clínica con los niños, había ido más allá de Melanie Klein y las otras damas. El trabajo que Rosine y Robert hacían consistía en descifrar el estilo nuevo practicado treinta años antes por Rosine. Quiero señalar solamente en este punto que, en un tiempo en que la discusión se alargaba sobre la necesidad o no de recibir a los padres del niño, y cuándo y cómo había que hacerlo, ellos apuntaban hacia la cuestión que ese problema escondía: que siempre hay que incluir el goce de la mujer en la cura. Dicho de otra manera, nos enseñaban a no dejarnos engañar por el fantasma corriente –al cual la clínica con los niños puede servir de coartada– que separa el goce de la madre del goce de la mujer en el cual aquél está sumergido. Es la condición para poder tratar el síntoma del niño, y sobre todo del niño psicótico. La separación del pecho, por ejemplo, significa que éste “no pertenece al niño, sino al cuerpo de la madre; y entonces el pecho no es otra cosa que el objeto de su propio goce, el de ella, el de hacerse chupar”. Y ese pecho entonces “se convierte en el objeto de una devoración imposible para el niño, el cual se encuentra entonces enfrente de la prohibición sobre el canibalismo, y que toma el lugar mismo de la incorporación primordial del padre” (3).
Con su enseñanza sobre la clínica del objeto a, nos enseñaban a leer el lugar del objeto analista en la cura. Esto es crucial en las psicosis, donde el objeto a muestra su faz real. Pero no vale solamente para las psicosis. Es decir, en el aislamiento clínico de los objetos, la psicosis nos enseña la lógica de la neurosis. Nadia, por ejemplo, aparece fascinada por la visión de una enfermera con un niño en su regazo. Esta fascinación está acompañada de movimientos sonoros de succión. Rosine llama a Nadia por su nombre repetido, y ella responde con el significante “mamá” que permite la separación de su mirada (4). En este caso y en el del niño del lobo, vemos a Rosine introduciendo un biberón de leche en la sesión; biberón real lo llama Rosine, porque es un objeto del analista, que pertenece a su cuerpo mismo. Antes de que el significante “mamá” surja, Nadia chupaba su biberón como perteneciendo al cuerpo del analista en tanto que real, y no como perteneciente a un Otro, aún por constituir. Y todos conocemos cómo Robert repercute sobre su propio cuerpo, con un intento de mutilación, el efecto del significante transferencial. Releyendo las actas de las dos Jornadas con los Lefort, constato que nos enseñaban el buen uso del cuerpo del analista. Tal como lo desarrolló Jacques-Alain Miller en su curso de 2006-2007, el cuerpo es lo que permite hacer Uno cuando nos situamos, como sabía hacerlo Rosine Lefort, antes del nacimiento del Otro. Y con eso se esclarece la lógica del título de su libro. Por otra parte, cuando leyeron Las señoritas de Aviñón, encontraron la parte que provenía del cuerpo de su autor, la separación de los ojos de Picaso que le permitió crear una nueva mirada, es decir, ampliar el campo del Otro en la pintura (5).
En lo que concierne a la clínica de las psicosis, nos enseñaron que el psicótico es también un analizante por entero, y lo que significa el dicho de Lacan según el cual no hay que retroceder ante la psicosis. Leemos en cada línea de lo que escribieron que eso quiere decir también que de ningún modo hay que negar los fenómenos transferenciales que se producen en ese campo abierto.
He citado el título de su libro El nacimiento del Otro. ¿Por qué no leer ese título como homólogo al nacimiento del analista? Poner el deseo del analista en el corazón del psicoanálisis con niños era ya un éxito, cuando una pendiente fatal lleva a considerarla como una práctica menor, o incluso de responsabilidad limitada. Tomemos la expresión con la que Jacques-Alain Miller califica la clínica de los Lefort, como aquella que va de lo real a lo real. Añadamos lo que permite, en cada caso, recoger al pasar un pequeño objeto simbólico: es el objeto caído de Nadia, es el significante “le loup” como troncho de la palabra en el pequeño Robert. De Melanie Klein, Rosine Lefort había aprendido el papel del duelo en la transformación de lo real a lo simbólico, lo que permite una operación de separación; así podía introducir de entrada lo que está en juego en el final de un análisis. Es así como la cuestión del final del análisis es bien oportuna también en el tratamiento de los niños: si no se la puede poner del lado del niño analizante, no es posible prescindir de ella del lado del analista. Dicho de otro modo, en la clínica con los niños, el analista también está ahí por entero, como enteramente responsable, y siguiendo las consecuencias hasta el final.
Para resumir su posición, diría que, del mismo modo que Picasso se incluye en su cuadro, y que pinta sus ojos para fascinarnos con una nueva mirada, Rosine Lefort se incluye siempre en sus exposiciones clínicas. No como en un espejo, sino como un objeto separable. “No hay que creer, nos decía, que el analista no está afectado por aquello que el analizante le hace vivir en la sesión. (...) De eso, yo puedo dar testimonio. (...) Nadia me vio en el espejo. Pues bien, ¿saben ustedes que fue la primera vez que yo misma pude verme en un espejo?”
Robert Lefort concluía nuestra primera jornada de trabajo, antes de pasar a la cena mencionada más arriba, con unas palabras que siguen siendo para mí de actualidad: “El vínculo social llega lejos, en lo que puede ser demanda al Otro. Alguien dijo (...) ‘tu demanda me interesa’. Esto es el vínculo social perfecto, para formar una institución social, incluso, como saben, los campos de concentración, que Lacan menciona en lo que dijo hace un tiempo” (6). En efecto, nuestra tarea, tal como Rosine y Robert Lefort nos la transmitieron, consiste en tratar de un modo bien distinto la demanda de amor: con el respeto a un vínculo social nuevo, fuera del interés, fuera del mercado, fuera de la cesión del deseo. Como lo decía Picasso, hablando de sus Señoritas y del riesgo corrido en su composición: “es una manera de someter al poder, imponiendo una forma tanto a nuestros terrores como a nuestros deseos” (7).
Notas:
(1).- Intervención en las Jornada “L’oeuvre de Rosine et Robert Lefort, ses conséquences pour la clinique psychanalytique”, que tuvo lugar en París el 15 de setiembre de 2007, bajo la presidencia de Judith Miller. El rastro de las visitas de los Lefort a Barcelona se puede encontrar en las Actas de la Primera Jornada de Trabajo sobre Psicoanálisis con Niños: la Psicosis, con la participación de Rosine y Robert Lefort, Barcelona, 31 de mayo de 1986, Forum – Red Cereda y en las Actas de la Cuarta Jornada de Trabajo sobre Psicoanálisis con Niños: La Dirección de la Cura. Transferencia e interpretación, con la participación de Rosine y Robert Lefort, Barcelona, 5 de mayo de 1990, Forum – Red Cereda.
(2).- Geneviève Tabouis fue una distinguida periodista francesa que escribió entre 1930 y 1960. Muy bien relacionada con los medios diplomáticos de su país, se dedicó a temas de política internacional. Véase la biografía de Denis Maréchal, Geneviève Tabouis. Les dernières nouvelles de demain, París, Nouveau Monde, 2003.
(3).- Actas de la Primera Jornada..., pág. 9.
(4).- Ibid., pág. 22.
(5).- Cf. Rosine et Robert Lefort, “Les Demoiselles d’Avignon, ou la passe de Picasso”, en Ornicar?, 46, págs. 81-92.
(6).- Ibid., pág. 66.
(7).- Citado en el catálogo de la exposición Les demoiselles d’Avignon, Barcelona, Museu Picasso, 11 de mayo a 14 de julio de 1988, pág. 641.