A la medida

Philippe Lacadée
Psicoanalista Miembro de la Asociación Mundial de Psicoanálisis (AMP) y de la
École de la Cause Freudienne (ECF)

En 1964, Lacan al no estar de acuerdo con el hecho de presentar la teoría de la transferencia como una defensa del analista, propone: la teoría de la transferencia, es el deseo del analista. Aparte de Freud, la contribución que cada uno aporta al resorte de la transferencia, precisa Lacan, es algo donde su deseo es perfectamente legible. Y propone hacer el análisis de Abraham, simplemente a partir de su teoría del objeto parcial: “en el asunto no se trata solamente de lo que el analista entiende hace con su paciente. También está lo que el analista entiende que su paciente hace con él” (1).
 
 Abraham, dice Lacan, quería ser una madre completa o como lo dice Eric Laurent, “una madre buena que mira el objeto bueno, no ambivalente”, Ferenczi quería ser el “hijo-padre”. En cuanto a Numberg, éste aspiraba a una posición divina.

¿Es esta jornada la ocasión de rendir homenaje a la enseñanza del tratamiento del niño lobo, a partir de la posición de Rosine Lefort en el marco de esa cura? Con ella podemos plantear la pregunta: ¿qué quiere ser el analista para este niño?

El pequeño Robert, implicado por el deseo de Rosine en esta experiencia inicial, que no tiene, precisa ella, el rigor de la situación analítica, pasa de un estado demencial de agitación a un estado de transferencia sobre el Otro. Muy pronto, desde 1950, Rosine Lefort nos enseña que no hay clínica de la observación sino a condición de desconocer el deseo del Otro o el deseo del analista. Es ese deseo el que está excluido en la pura observación y que deja al psicótico presa de su psicosis en un real sin Otro.

Ella nos ha dado entonces indicaciones muy preciosas para situar ese deseo. “Sólo hay clínica bajo transferencia, es decir, aquella que incluye el deseo del Otro: el analista y su deseo” (2).

En una entrevista en el Âne #44 (3), Rosine Lefort testimonia públicamente, gracias a la posición de Judith Miller que la interroga, lo que fue para ella la herramienta y el fermento de su trabajo en tanto que analista. Lacan quería e insistió en que ella hablara de esos niños, no solamente para que aportara al psicoanálisis, sino, también, como un testimonio de las curas efectuadas en el pase “a partir de ese lugar horrible que yo había conocido”, precisa ella. Explica como fue confrontada durante un cierto tiempo en el marco de su cura (ocho meses sin decir una palabra) a un agujero “que la había aterrorizado y sobre el cual no podía poner ni una palabra, es ese mismo agujero que encontré en esos niños”.

La cuestión esencial, desde entonces, no es la de percibir ese agujero en su lugar (tendencia de la contra-transferencia o de la interacción), (4) sino la de aprehender que, gracias al análisis, a ese momento de pase, el lugar imaginario donde Rosine Lefort estaba en tanto desecho, resto, objeto a, ese lugar se ha invertido. Ella nos transmite ese viraje subjetivo que en el curso de su cura trajo consigo una mutación que le permitió asegurar ese lugar en el análisis. Nos hace aprehender ese momento de emergencia del deseo del analista esclareciendo la naturaleza de ese deseo que sirvió de pivote de la transferencia, permitiendo al niño lobo tener acceso a la experiencia analítica.

Ella precisa que Lacan no “batalló contra mí”, sino contra “ese lugar de resto en lo real”, lugar que ella ocupaba en la familia. Ese lugar de resto fue la herramienta y el fermento decisivo de su trabajo de analista.

“Decir que me desembaracé completamente en la vida de eso es otro asunto. Pero, después, estaba allí para volver eficiente [ese lugar].”

Así, volver eficiente su lugar de desecho no es la misma cosa que querer ser la madre completa o la madre suficientemente buena. “Lacan batalló contra mi debilidad y mi horror y yo debía continuar en esa vía. Él mantuvo con rigor y voluntad el faro, iluminando la huella, sobre una vía que ha llegado hasta el lugar del objeto a para los niños”. Ella hace así referencia a un sueño que tuvo a los 17 años, donde aparecía como un faro iluminando las huellas que ella seguía sin que supiera quien las había hecho, y donde Lacan al final de la sesión de dice “Hasta pronto Faro” (5).
 
“Yo sabía que podía apoyarme sobre esa palabra; cuantas veces me pregunté con los niños, lo que me había hecho decir tal o cual cosa, sin poderlo hacer de otro modo”.

Lo que la sostuvo en su trabajo fue no solamente una transferencia al paciente, sino también al analista, e incluso al psicoanálisis; fue seguir las huellas sin saber quien las hizo, un [lugar] a la medida y no sin huellas. Rosine Lefort me dijo un día, que ella volvía sin cesar sobre las huellas escritas de las sesiones; así trabajaban ellos también en su jardín, Rosine releía en voz alta las sesiones con los niños, mientras que Robert tallaba los rosales, diciéndole, “pero eso podríamos retomarlo de otra manera en función de lo que Lacan ha dicho más tarde.”

Ya en El nacimiento del Otro, ella precisaba: “Esos tratamientos hacen parte de mi análisis” (6) “Hablar del analista, es hablar en nombre del acto, es la razón por la cual digo que lucho tratando de escribir y de hablar contra un resto débil”.

Aprehendemos así, como ella pudo operar. A partir del lugar del analista para no venir a ocupar el lugar del Otro para este niño. Gracias a la puesta en juego de ese deseo nuevo en el marco de su propia cura algo se desprendió, para que ella pudiera operar permaneciendo en el eje de la ética analítica que hace la unidad del psicoanálisis con niños.

Es manifiesto que el pequeño Robert se orienta hacia ella, precisando que, desde el comienzo, hay en ese niño una pantomima de “un vector de organización”. Hay en este niño un querer estar en su presencia: “una sed del Otro”. No hay síntoma en el psicoanálisis sin implicación del querer, del deseo del psicoanalista. No hay psicoanálisis sin un ¿qué quieres tú, psicoanalista, para tu analizante? Ella nos muestra que, en la partida que el psicoanalista conduce con su paciente, debió partir de la confianza en el síntoma, y del partido del decir del analizante mismo reducido a un fragmento de palabra que quiere ser.

Así, no duda en hacer de él un analizante–niño que encuentra el deseo del Otro aparecido por su cara silenciosa, los agujeros del sentido, la ausencia.  En la cura, el deseo del analista viene a tomar su función y ubica el deseo del Otro, en el sentido en que éste aparece también, no en la continuidad del sentido, sino en el corte, en la ruptura con el sentido. Que el deseo del analista funcione como una X, como un enigma, es lo que permite al analizante operar su separación y elaborar su fantasma, descubrir su equivalencia a lo que es como objeto a.  Una cosa es entretener el sujeto del sentido, otra cosa es lograr  llegar a mantener su dimensión X fuera de sentido, en relación con EL cual, el analizante elaborará su fantasma. Esto se inventa en cada caso, a la medida, pero a condición de soportar ese objeto a. Es lo que nos enseña Rosine Lefort a partir de la posición paradójica del pequeño Robert, que él no es equivalente al objeto en el sentido en que realice esa posición de objeto a en su vertiente de desecho y de resto. Es decir, que para él, el encuentro con el deseo del Otro no tuvo lugar, no operó, ni desprendió ese lugar vació donde podría justamente emerger la pregunta por su deseo. Realizando en su ser de goce ese objeto, él no puede, en tanto que sujeto, negativizar ese lugar de goce donde emerge la cuestión de su deseo en el encuentro con el Otro. Lugar a partir del cual pudiera tomar por estructura la función del deseo del analista. Rosine nos demuestra muy bien como ella le permite que le haga el regalo de su caca, lo que le da entonces la posibilidad de posar sobre ella, en dos ocasiones, una mirada normal, finalmente, él ha perdido LA mirada loca de la primera vez.  “dicho de otro modo, después de la castración real y el descubrimiento del agujero de los WC, tenemos aquÍ lo que se puede llamar la extracción del objeto” (7).

Para él lo peor que está en obra, además ella lo dice, es que ese niño crea un infierno alrededor de él. Rosine Lefort nos muestra cómo intenta proceder a una rectificación del Otro.  ¿Qué lugar el analista puede venir a ocupar en la estructura del significante y de las relaciones al objeto? Rosine Lefort nos ha enseñado que no hay respuesta universal. 

Lo que es seguro, es que ella no quiere ser una madre.  “diciéndole que yo no soy su madre, yo me diferencio de la madre real, es seguro, no me propongo por tanto como madre reparadora de sus privaciones” (8). Es importante, precisa ella, recordar, que el analista de todo niño y en particular de un niño psicótico, no tiene que tomar un lugar materno que le haría inevitablemente caer en lo real”. “la construcción de la que se trata concerniendo la madre, es de no serlo pero, podríamos decir, dejándole toda la oportunidad de ser el vehículo del Nombre-del-Padre, el cual hará toda la diferencia entre la devoración y la incorporación, entre lo real y lo simbólico” (9). Que el niño esté en lo real no impide la acción de lo simbólico.

Para esclarecer la naturaleza de ese deseo que fue pivote de la transferencia para el pequeño Robert y le permitió ser desalojado de su lugar de objeto, para advenir como sujeto, ella nos da algunas indicaciones. No ocupa el lugar de una encarnación del deseo del Otro exigiendo algo u ordenándolo.  Al contrario, ella es un Otro que habla, que sostiene su palabra, que vuelve siempre, el Otro del pacto que recuerda la regla pero que también protege. Su posición es la de introducir un Otro donde funcionaría la regulación normalmente imputable al Nombre-del-Padre.  Una especie de construcción de un Otro a la medida, suplente de las carencias simbólicas, se hace el agente de la operación significante.  Pero ella ha consentido también a soportar el cuerpo a cuerpo, bajo el ángulo de la transferencia. El cuerpo de Rosine se ofrece como material en el lugar de la sesión.

“Robert debe, desde un principio asegurarse no que yo entiendo lo que él quiere de mi, sino que yo lo quiero bien como objeto a” (10). Entonces se produce, por primera vez, en dos ocasiones, que él la encierre en la habitación de la sesión y la llame, para que ella venga por él y lo lleve en sus brazos.

Tenemos una posición inversa, incluso una cura invertida con relación a lo que pasa con un niño neurótico.  Ella hace la oferta del deseo, que yo calificaría de “advertido” con relación a su propia cura, a éste niño caído por un defecto simbólico radical.

Lo que el analista tiene que dar, contrariamente al compañero del amor, es aquello que la mas bella recién casada del mundo no puede superar, a saber que él tiene. Y lo que él tiene, no es otra cosa que su deseo, como analizado, un deseo advertido. ¿Qué puede ser un tal deseo, el deseo notablemente del analista? Desde ahora podemos decir, con todo, lo que no puede ser. No puede desear lo imposible” (11).

No desear lo imposible cuando se está confrontado con un niño que ya encarna ese imposible, eso de parte de su estructura, implica tal vez para el analista que ya, él mismo ha hecho la prueba de ese imposible.  Es con esa sola condición que el deseo del analista podrá implicarse en este asunto con el fin de que él comprenda “lo que su paciente quiere hacer de él”.

Alocución realizada en el Homenaje a Rosine y Robert Léfort organizado por L’Ecole de la Cause Freudienne el 15 de septiembre del 2007, París.

Notas:
1.- Lacan, Jacques. Séminaire XI, Seuil, Paris, 1973, p. 145.
2.- Lefort, R. et R. Les structures de la psychoses, le champ freudien, Seuil, Paris, 1988, p. 33.
3.- Publicado por primera vez en el Âne, octubre-diciembre 1990, # 44, pp. 14-16 y retomado en La Cause freudienne, # 66, pp. 93-98, entrevista notable por la posición de pasadora de Judith Miller quien interroga a Rosine y hace valer en qué el hueso de su cura vino a causar su posición de analista de esos niños.
4.- Hacemos aquí referencia a un trabajo que hice en cartel con Eric Laurent sobre la posición en impasse de Serge Lebovici, lugar de la madre suficientemente interactiva identificándose a su bebé, al punto de decirle todo lo que él sentía en su lugar, y que presenté en el seminario de los Lefort, en la Rue Navarin.
5.- Entrevista en La Cause Freudienne, # 66, p. 95.
6.- Ibid., p. 387.
7.- Miller, Jacques-Alain. In La matrice du traitement de l’enfant au loup, La cause freudienne, n 66, p 150
8.- Lefort, R. et R. Les structures de la psychose, Seuil, Paris, pp. 393-399.
9.- Ibid, p 399
10.- Ibid., p. 399
11.- Lacan dans son séminaire L’Éthique.

Traducción de Mario Elkin Ramírez

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