PRINCIPIOS RECTORES DEL ACTO ANALÍTICO - Éric Laurent
"Durante el Congreso de la AMP en Comandatuba, en el 2004, la Delegada General presentó una "Declaración de principios" ante la Asamblea General. Luego los Consejos de las Escuelas hicieron llegar los resultados de sus lecturas, de sus observaciones y señalamientos. Después de ese trabajo, presentamos ahora, ante la Asamblea, estos Principios que les pedimos adopten."

UN CENTRO DE ATENCIÓN PSICOANALÍTICA EN GUAYAQUIL - Ana Ricaurte
“Nos propusimos llevar el psicoanálisis a la ciudad, ubicándonos frente a los discursos de la época, con un discurso propio que ofrece al sujeto un espacio en el cual alojar su particularidad, desde el cual hacer lazo social por la vía del deseo y no de la adaptación."

LA TRANSFERENCIA EN UN DISPOSITIVO ANALÍTICO...- Centro de Atención Psicoanalítica en Caracas
“Presentamos a CAPSI, centro inédito en Venezuela no sólo por su funcionamiento, que no lleva a la persona que demanda un tratamiento psicoanalítico al consultorio privado del profesional, sino que se ubica, físicamente, en un espacio diferente, como una institución -tal como ha sido descrita-, integrada por psicoanalistas definidos por su acto."

O COGNITIVIZACIÓN O PSICOANÁLISIS - Romildo do Rêgo Barros
“...no es propiamente contra las investigaciones cognitivistas -imágenes cerebrales, modelo computacional, etc.-, que se levantan los psicoanalistas, sino contra lo que Miller trató como “un cambio de paradigma”, que no está ocurriendo como una evolución del psicoanálisis hasta la ciencia -como si esto correspondiera a la declinación del psicoanálisis en la cultura-, sino como aplastamiento de una dimensión subjetiva en nombre de la ciencia."


 PRINCIPIOS RECTORES DEL ACTO ANALÍTICO

ÉRIC LAURENT
Delegado General de la Asociación Mundial de Psicoanálisis.
Analista Miembro de la Escuela (AME) de la Asociación Mundial de Psicoanálisis,
de la École de la Cause Freudienne (ECF), de la New Lacanian School (NLS),
de la Escuela Lacaniana de Psicoanálisis (ELP),de la Escuela de la Orientación Lacaniana (EOL),
Escola Brasileira de Psicanalise y de la Nueva Escuela Lacaniana - NEL

Preámbulo

Durante el Congreso de la AMP en Comandatuba, en el 2004, la Delegada General presentó una "Declaración de principios" ante la Asamblea General. Luego los Consejos de las Escuelas hicieron llegar los resultados de sus lecturas, de sus observaciones y señalamientos. Después de ese trabajo, presentamos ahora, ante la Asamblea, estos Principios que les pedimos adopten.

Primer principio: El psicoanálisis es una práctica de la palabra. Los dos participantes son el analista y el analizante, reunidos en presencia en la misma sesión psicoanalítica. El analizante habla de lo que le trae, su sufrimiento, su síntoma. Este síntoma está articulado a la materialidad del inconsciente; está hecho de cosas dichas al sujeto que le hicieron mal y de cosas imposibles de decir que le hacen sufrir. El analista puntúa los decires del analizante y le permite componer el tejido de su inconsciente. Los poderes del lenguaje y los efectos de verdad que este permite, lo que se llama la interpretación, constituyen el poder mismo del inconsciente. La interpretación se manifiesta tanto del lado del psicoanalizante como del lado del psicoanalista. Sin embargo, el uno y el otro no tienen la misma relación con el inconsciente pues uno ya hizo la experiencia hasta su término y el otro no.

Segundo principio: La sesión psicoanalítica es un lugar donde pueden aflojarse las identificaciones más estables, a las cuales el sujeto está fijado. El psicoanalista autoriza a tomar distancia de los hábitos, de las normas, de las reglas a las que el psicoanalizante se somete fuera de la sesión. Autoriza también un cuestionamiento radical de los fundamentos de la identidad de cada uno. Puede atemperar la radicalidad de este cuestionamiento teniendo en cuenta la particularidad clínica del sujeto que se dirige a él. No tiene en cuenta nada más. Esto es lo que define la particularidad del lugar del psicoanalista, aquel que sostiene el cuestionamiento, la abertura, el enigma, en el sujeto que viene a su encuentro. Por lo tanto, el psicoanalista no se identifica con ninguno de los roles que quiere hacerle jugar su interlocutor, ni a ningún magisterio o ideal presente en la civilización. En ese sentido, el analista es aquel que no es asignable a ningún lugar que no sea el de la pregunta sobre el deseo.

Tercer principio: El analizante se dirige al analista. Pone en el analista sentimientos, creencias, expectativas en respuesta a lo que él dice, y desea actuar sobre las creencias y expectativas que él mismo anticipa. El desciframiento del sentido no es lo único que está en juego en los intercambios entre analizante y analista. Está también el objetivo de aquel que habla. Se trata de recuperar junto a ese interlocutor algo perdido. Esta recuperación del objeto es la llave del mito freudiano de la pulsión. Es ella la que funda la transferencia que anuda a los dos participantes. La formula de Lacan según la cual el sujeto recibe del Otro su propio mensaje invertido incluye tanto el desciframiento como la voluntad de actuar sobre aquel a quien uno se dirige. En última instancia, cuando el analizante habla, quiere encontrar en el Otro, más allá del sentido de lo que dice, a la pareja de sus expectativas, de sus creencias y deseos. Su objetivo es encontrar a la pareja de su fantasma. El psicoanalista, aclarado por la experiencia analítica sobre la naturaleza de su propio fantasma, lo tiene en cuenta y se abstiene de actuar en nombre de ese fantasma.

Cuarto principio: El lazo de la transferencia supone un lugar, el “lugar del Otro”, como dice Lacan, que no está regulado por ningún otro particular. Este lugar es aquel donde el inconsciente puede manifestarse en el decir con la mayor libertad y, por lo tanto, donde aparecen los engaños y las dificultades. Es también el lugar donde las figuras de la pareja del fantasma pueden desplegarse por medio de los más complejos juegos de espejos. Por ello, la sesión analítica no soporta ni un tercero ni su mirada desde el exterior del proceso mismo que está en juego. El tercero queda reducido a ese lugar del Otro.

Este principio excluye, por lo tanto, la intervención de terceros autoritarios que quieran asignar un lugar a cada uno y un objetivo previamente establecido del tratamiento psicoanalítico. El tercero evaluador se inscribe en esta serie de los terceros, cuya autoridad sólo se afirma por fuera de lo que está en juego entre el analizante, el analista y el inconsciente.

Quinto principio: No existe una cura estándar ni un protocolo general que regiría la cura psicoanalítica. Freud tomó la metáfora del ajedrez para indicar que sólo había reglas o para el inicio o para el final de la partida. Ciertamente, después de Freud, los algoritmos que permiten formalizar el ajedrez han acrecentado su poder. Ligados al poder del cálculo del ordenador, ahora permiten a una máquina ganar a un jugador humano. Pero esto no cambia el hecho de que el psicoanálisis, al contrario que el ajedrez, no puede presentarse bajo la forma algorítmica. Esto lo vemos en Freud mismo que transmitió el psicoanálisis con la ayuda de casos particulares: El Hombre de las ratas, Dora, el pequeño Hans, etc. A partir del Hombre de los lobos, el relato de la cura entró en crisis. Freud ya no podía sostener en la unidad de un relato la complejidad de los procesos en juego. Lejos de poder reducirse a un protocolo técnico, la experiencia del psicoanálisis sólo tiene una regularidad, la de la originalidad del escenario en el cual se manifiesta la singularidad subjetiva. Por lo tanto, el psicoanálisis no es una técnica, sino un discurso que anima a cada uno a producir su singularidad, su excepción.

Sexto principio: La duración de la cura y el desarrollo de las sesiones no pueden ser estandarizadas. Las curas de Freud tuvieron duraciones muy variables. Hubo curas de sólo una sesión, como el psicoanálisis de Gustav Mahler. También hubo curas de cuatro meses como la del pequeño Hans o de un año como la del Hombre de las ratas y también de varios años como la del Hombre de los lobos. Después, la distancia y la diversificación no han cesado de aumentar. Además, la aplicación del psicoanálisis más allá de la consulta privada, en los dispositivos de atención, ha contribuido a la variedad en la duración de la cura psicoanalítica. La variedad de casos clínicos y de edades en las que el psicoanálisis ha sido aplicado permite considerar que ahora, en el mejor de los casos, la duración de la cura se define “a medida”. Una cura se prolonga hasta que el analizante esté lo suficientemente satisfecho de la experiencia que ha hecho como para dejar al analista. Lo que se persigue no es la aplicación de una norma sino al acuerdo del sujeto consigo mismo.

Séptimo principio: El psicoanálisis no puede determinar su objetivo y su fin en términos de adaptación de la singularidad del sujeto a normas, a reglas, a determinaciones estandarizadas de la realidad. El descubrimiento del psicoanálisis es, en primer lugar, el de la impotencia del sujeto para llegar a la plena satisfacción sexual. Esta impotencia es designada con el término de castración. Más allá de esto, el psicoanálisis con Lacan, formula la imposibilidad de que exista una norma de la relación entre los sexos. Si no hay satisfacción plena y si no existe una norma, le queda a cada uno inventar una solución particular que se apoya en su síntoma. La solución de cada uno puede ser más o menos típica, puede estar más o menos sostenida en la tradición y en las reglas comunes. Sin embargo, puede también remitir a la ruptura o a una cierta clandestinidad. Todo esto no quita que, en el fondo, la relación entre los sexos no tiene una solución que pueda ser “para todos”. En ese sentido, está marcada por el sello de lo incurable, y siempre se mostrará defectuosa.
El sexo, en el ser hablante, remite al “no todo”.

Octavo principio: La formación del psicoanalista no puede reducirse a las normas de formación de la universidad o a las de la evaluación de lo adquirido por la práctica. La formación analítica, desde que fue establecida como discurso, reposa en un trípode: seminarios de formación teórica (para-universitarios), la prosecución por el candidato psicoanalista de un psicoanálisis hasta el final (de ahí los efectos de formación), la transmisión pragmática de la práctica en las supervisiones (conversaciones entre pares sobre la práctica). Durante un tiempo, Freud creyó que era posible determinar una identidad del psicoanalista. El éxito mismo del psicoanálisis, su internacionalización, las múltiples generaciones que se han ido sucediendo desde hace un siglo, han mostrado que esa definición de una identidad del psicoanalista era una ilusión. La definición del psicoanalista incluye la variación de esta identidad. La definición es la variación misma. La definición del psicoanalista no es un ideal, incluye la historia misma del psicoanálisis y de lo que se ha llamado psicoanalista en distintos contextos de discurso.

La nominación del psicoanalista incluye componentes contradictorios. Hace falta una formación académica, universitaria o equivalente, que conlleva el cotejo general de los grados. Hace falta una experiencia clínica que se trasmite en su particularidad bajo el control de los pares. Hace falta la experiencia radicalmente singular de la cura. Los niveles de lo general, de lo particular y de lo singular son heterogéneos. La historia del movimiento psicoanalítico es la de las discordias y la de las interpretaciones de esa heterogeneidad. Forma parte, ella también, de la gran Conversación del psicoanálisis, que permite decir quién es psicoanalista. Este decir se efectúa en procedimientos que tienen lugar en esas comunidades que son las instituciones analíticas. El psicoanalista nunca está solo, sino que depende, como en el chiste, de un Otro que le reconozca. Este Otro no puede reducirse a un Otro normativizado, autoritario, reglamentario, estandarizado. El psicoanalista es aquel que afirma haber obtenido de la experiencia aquello que podía esperar de ella y, por lo tanto, afirma haber franqueado un “pase”, como lo nombró Lacan. El “pase” testimonia del franqueamiento de sus impases. La interlocución con la cual quiere obtener el acuerdo sobre ese atravesamiento, se hace en dispositivos institucionales. Más profundamente, ella se inscribe en la gran Conversación del psicoanálisis con la civilización. El psicoanalista no es autista. El psicoanalista no cesa de dirigirse al interlocutor benevolente, a la opinión ilustrada, a la que anhela conmover y tocar en favor de la causa analítica.

Traducción: Carmen Cuñat

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UN CENTRO DE ATENCIÓN PSICOANALÍTICA EN GUAYAQUIL

ANA RICAURTE
Analista Practicante (AP) de la Nueva Escuela Lacaniana (NEL – Guayaquil).
Miembro de la Asociación Mundial de Psicoanálisis.

El Centro de Atención Psicoanalítica C.A.P - NEL Guayaquil, en su sistema de red con el que viene funcionando desde hace un año y medio, atiende demandas de efectos terapéuticos de una población variada, pero también demandas de análisis que con frecuencia provienen de estudiantes de Psicología Clínica, algunos porque empiezan una formación analítica o porque, generalmente, son tocados en su subjetividad en el contacto con pacientes en sus prácticas de materias y prácticas finales, llevadas con analistas de la NEL. En el CAP participan, desde sus propios consultorios, todos los miembros y algunos asociados de nuestra sede, con costos bajos similares a los que tienen los hospitales públicos.

Nos propusimos llevar el psicoanálisis a la ciudad, ubicándonos frente a los discursos de la época, con un discurso propio que ofrece al sujeto un espacio en el cual alojar su particularidad, desde el cual hacer lazo social por la vía del deseo y no de la adaptación

Orientamos nuestra práctica a la acción lacaniana, que marca una distancia con el ideal social y no se deja reducir al sentido común. Aún cuando no haya un analizante instalado, aplicamos el psicoanálisis al síntoma, en una dirección contraria a la reeducación, oponiéndonos al discurso del Amo.

La orientación al síntoma invierte el pedido del sujeto de ser librado de lo que lo hace tropezar, y sitúa el goce dirigiéndolo a la subjetivación del consultante. Se le revela su forma particular de gozar. Nos dirigimos a tocar ese goce que, en la medida que puede entrar en un lazo con el analista, produce efectos de alivio y de aflojamiento de identificaciones mortificantes.

Un breve ejemplo clínico de alivio sintomático como efecto del psicoanálisis aplicado a la terapéutica, es el caso de una niña de 9 años, derivada por un reumatólogo que la atendió luego de que el pediatra, al que consultó por dolores localizados en la pierna y cadera derecha, le diagnosticara dolores reumáticos. El reumatólogo no encuentra afección orgánica e indica la atención que ella necesita. Traída por ambos padres, la madre se mantuvo ajena al tratamiento, pero padre y niña se ponen a trabajar con la analista.

El se queja de la inmadurez e irresponsabilidad económica de su esposa, los endeuda con tarjetas de crédito y él no logra frenarla ni hacerla entender; le afecta tener que estar vigilándola siempre. Entonces, saca la conclusión de que él no puede manejar su hogar. Le parece paradójico porque en su trabajo, justamente, tiene bajo su mando el control contable de algunas empresas, sin problemas. Pasa de la queja a interrogarse sobre lo que le pasa a él como hombre con relación a su mujer, diciendo “la corrijo tanto, que parezco el padre y no el esposo”.

Paralelamente, la niña me habla de su temor de que los padres se separen, porque tienen muchas peleas. Ella ve como causa, que el padre acostumbra tomar mucho en casa con otros hombres de la familia y que a su madre no le gusta. En una de esas ocasiones, los hombres manipulaban una pistola y al padre se le suelta un tiro que pasa muy cerca de su pierna, sin lastimarla. No pasó nada, y es lo que el médico finalmente decreta: no tiene nada. No es la verdad de la niña, y ella está decidida a demostrarlo con su dolor en la pierna, ubicándose como un síntoma de lo que no marcha entre sus padres.

El muy breve tratamiento que dio la palabra al temor de la niña y a la interrogación del padre, hizo desaparecer el dolor que le había servido para llevarlos hasta la escucha de una analista.

J-A. Miller[1] establece la diferencia de la preocupación terapéutica del psicoanálisis aplicado -que no es el falso-, que se separa de la forma pura que produce analistas, cuando pregunta: Cuando el sujeto empeora ¿qué haces tú, practicante? El analista retiene los perros de Diana cuando el sujeto no soporta ser devorado.

Pues, justamente, el análisis es una práctica que produce angustia en tanto que se dirige a extraer la dimensión de objeto de la que el sujeto se protege con el fantasma. Pero el análisis transforma el horror al saber en amor al mismo, que da entusiasmo, y a saber hacer con el resto que es.

Ana Ricaurte Quevedo

NOTAS
[1] Miller, J-A. “Apuesta”. Jornadas de la Escuela de la Causa Freudiana del 2001.

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LA TRANSFERENCIA EN UN DISPOSITIVO ANALÍTICO NO TRADICIONAL: CAPSI

EQUIPO DE INVESTIGACIÓN
Raquel Cors* , Maria Eugenia Domínguez*, Lucia Dragonetti*, Rosa Lagos*,
Diana Ortiz*, Aliana Santana N*.
(*Analista Practicante (AP) de la Nueva Escuela Lacaniana (NEL-Caracas Pronunciamiento).
Miembro de la Asociación Mundial de Psicoanálisis.)


“Ya se dé por agente de curación, de formación o de sondeo, el psicoanálisis no tiene sino un medium: la palabra del paciente. La evidencia del hecho no excusa que se le desatienda. Ahora bien, toda palabra llama una respuesta”
J. Lacan

 

Hospitales psiquiátricos, asilos, manicomios. Bien podríamos preguntarnos ¿qué lugar ha tenido la aplicación del psicoanálisis en estas instituciones? ¿Es que ha habido instituciones psicoanalíticas de atención en salud mental?

Ya Freud tenía como anhelo disponer de un “dispensario” en el cual, psicoanalistas atendieran la demanda de pacientes que no podían asistir a consultorios privado. ¿Es que acaso uno de los lazos sociales que establece el psicoanálisis con la comunidad podría tener como resultado la institución clínica?

En el mapa de la salud mental, el psicoanálisis ha estado incluido como una psicoterapia más, quizás combinándolo con otro tipo de tratamiento (con medicamentos por ejemplo), ya que de esta manera se considera que se hace menos onerosa la intervención. Esto ha hecho que el psicoanálisis se haya transformado en un privilegio de las clases con mayor poder adquisitivo.

Por otra parte, tomamos en cuenta que las instituciones de salud mental responden a un discurso del Amo, en el cual se privilegia la búsqueda de la “normalidad”, en la que hay un “igual para todos” basado en los ideales que esa institución representa, dejando de lado el goce o lo real en juego de cada sujeto. Entonces, la oferta de una institución psicoanalítica establece grandes diferencias que van a incidir directamente en la transferencia, tanto a la institución como al psicoanalista que la propone.

Presentamos a CAPSI, centro inédito en Venezuela no sólo por su funcionamiento, que no lleva a la persona que demanda un tratamiento psicoanalítico al consultorio privado del profesional, sino que se ubica, físicamente, en un espacio diferente, como una institución -tal como ha sido descrita-, integrada por psicoanalistas definidos por su acto, que son capaces de hacer llegar este acto a una población que, por sus condiciones de vida, no había tenido acceso a la experiencia analítica. Y porque, además, no se inscribe en el Discurso del Amo buscando la normalidad en el “igual para todos”, basado en los ideales que la institución presente.

Lo hemos definido como inédito, porque en CAPSI se vislumbra una intención, una demanda, que va más allá de lo terapéutico y que tiene que ver con la formación.

Los psicoanalistas de CAPSI, a diferencia de otros profesionales que trabajan en instituciones similares, están sólo definidos por su acto.

En CAPSI se está creando un saber hacer institucional, que lo diferencia profundamente de las llamadas instituciones tradicionales, que en su hacer dejan al sujeto elidido.

De este modo, el ofrecimiento de CAPSI es:

? Tratamiento psicoanalítico enmarcado en lo Jaques Lacan concibiera como psicoanálisis aplicado a la terapéutica. Para ello contamos con un equipo de psicoanalistas que pone a disposición del público que asiste a nuestro Centro, su experiencia y conocimiento, a fin de ayudarlos a encontrar una respuesta individual a su malestar y un alivio a su particular sufrimiento.
? Brindar atención a quienes, por razones económicas, requieran una consulta privada a bajo costo con un psicoanalista autorizado.

CAPSI, tal como lo señala su slogan publicitario “Cuando el psicoanálisis responde”, pone en acto la respuesta del psicoanálisis a una demanda de la sociedad venezolana, intentando una vez más transitar por el camino que nos indicó Freud en su obra El malestar en la cultura.

El profesional que ejerce en CAPSI asume la posición de “un psicoanalista” frente al malestar de nuestro tiempo, psicoanalista como aquel que sólo está definido por su acto, estando disponible para sostenerlo en un ámbito distinto al de la consulta privada, siendo capaz de llevarlo a su medio social y a las exigencias del momento en que vive.
La institución tradicional, en general, para lograr sus objetivos o su buen funcionamiento, trata de disminuir el saldo entre lo que “debería ser” y lo que es y para eso evalúa sus resultados.

Es el UNO, en cuanto el intento de universalizar, de seguir la norma, del ideal que presiona en esas cuentas que se espera que cuadren y que hace peligrar la oferta del psicoanálisis en tanto oferta que va a privilegiar lo particular y singular de cada cual. Nuevamente tenemos a la transferencia en juego. ¿Cómo se podría conjugar esta aporía?

No teniendo un manual de procedimientos y a pesar de ser una institución, no tratamos de desvirtuar lo particular, nos valemos de la transferencia, de ella como premisa básica, para privilegiar lo particular de cada sujeto aún en una institución.

La institución psicoanalítica, por otra parte, creada a partir de la premisa de una ética del deseo como lo más particular del sujeto, ubica al psicoanálisis en el lugar de la causa, propicia la apertura del inconsciente en la producción de un sujeto y define lo real como imposible. Sin embargo, se enfrenta al peligro de la “institucionalización” en que, si no tiene la flexibilidad necesaria para permitir el espacio entre lo que debe ser y lo que es, evaluando lo que no cuadra, este desfase podría envolver al psicoanalista que atiende.

Por esto, los encuentros entre los psicoanalistas componentes de la institución, otorgan el espacio necesario y suficiente que permita la actualización continua de sus necesidades, en la necesaria invención de reglas que permitan su excepción, para no establecerse como una “institución constituida” sino más bien constituyente de un espacio que aloje la singularidad tanto del psicoanalista como del sujeto que acude a ella.

Tomando en cuenta, entonces, ese real que se escapa, tendríamos la creación de un saber hacer institucional, que es lo que, a nuestro juicio, diferencia profundamente a nuestras instituciones de las llamadas “tradicionales” que se quedan periclitadas en su quehacer al dejar al sujeto elidido en su particularidad.

En este sentido, la institución psicoanalítica que ofrece psicoanálisis aplicado a la terapéutica, se orienta únicamente por el deseo de otorgar una oportunidad del encuentro con un psicoanalista, a con el fin de propiciar en el sujeto, un alivio a su sufrimiento, privilegiando la palabra para que, a través de ésta en la cadena inconsciente pueda darle a su deseo el lugar ineliminable que posee, con la posibilidad de hacerlo en una institución que, al estar integrada por psicoanalistas que privilegian una postura ética y trabajan a partir del deseo del analista, pueden asumir, frente a lo real que puede implicar el trabajo en una institución, posiciones flexibles que vayan dando respuesta a cada una de las contingencias que se presenten, reinventando e innovando a partir de ellas.

Este encuentro solamente esta “perturbado” en CAPSI, por dos variables: por un lado, el paciente no escoge a su analista, y por otro los honorarios que, al estar prefijados en un rango predeterminado por la institución, hacen surgir la pregunta por las consecuencias que estas variables podrían tener en el establecimiento de la transferencia.

En 1900 Freud utilizo el término “transferencia”, para nombrar el desplazamiento de afecto desde una idea a otra. Más tarde lo hizo para referirse a la relación del paciente con el analista.

Si bien la transferencia puede viabilizar una cura, también la puede obstaculizar. Esto es casi inevitable, pero paradójicamente positivo.

En el Seminario La Transferencia (1960) Lacan ilustra con El banquete de Platón, mediante el diálogo entre Alcibíades y Sócrates, la relación analizante y analista, donde el analista es el poseedor del Agalma, es el amado y no el amante; el analista en cuerpo presente, como testigo que escucha a otro, dando lugar a su queja y haciendo semblante para acoger, por un momento, ese sufrimiento que atormenta a quien le busca.

A partir de lo expuesto intentamos dar cuenta, desde el punto de vista de la instalación de la transferencia, del peso que podrían tener variables como la oferta de precios reducidos en las consultas y la imposibilidad de escoger al analista. Y si la transferencia del sujeto que demanda tratamiento en CAPSI, estuviera colocada en CAPSI, por su carácter económico y/o su buena reputación, ¿cómo operar el desplazamiento desde la institución a la persona del analista?

El deseo del analista, premisa fundamental en cualquier consideración que se haga sobre la transferencia, será el que permita, mediante el análisis personal y el control, que cada analista sepa hacer con los obstáculos que podrían o no presentarse en su camino, aún como practicante en una institución como CAPSI.

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 O COGNITIVIZACIÓN O PSICOANÁLISIS*

ROMILDO DO RÊGO BARROS (EBP)
Analista Miembro de la Escuela (AME) de la Asociación Mundial de Psicoanálisis.
y de la Escola Brasileira de Psicanalise



Querría antes que nada agradecer a mis colegas y amigos de la EOL, en particular a Flory Kruger, Mirta Berkoff y Miguel Furman, por esta invitación, que mucho me honra, para representar entre ustedes la Escola Brasileira de Psicanálise.

Lo que tengo para decirles me fue inspirado, por lo general, por la lectura de una de las clases del curso Orientación Lacaniana de Jacques-Alain Miller en Paris [1]. Trataré de hacer un comentario, no exactamente sobre el contenido de la clase, sino a partir de algunas cuestiones que plantea el título de la misma: Una Teología del Normal .

Como la mayoria de ustedes, yo no soy un especialista en cognitivismo.

Hasta hace poco tiempo, el cognitivismo era para mí una vaga referencia de los estudios de psicología o pedagogía, una de esas corrientes teóricas que uno piensa haber casi olvidado, desde que eligió su causa y su destino, representado, en mi caso, por el psicoanálisis.

¿Qué pasa ahora? ¿Por qué se vuelve a hablar del cognitivismo, a tal punto que yo, por poco autorizado que sea, debo también decir algo? En otros términos, ¿qué me quiere el cognitivismo? ¿Che vuoi?

La primera respuesta se encuentra en el propio título de esta plenaria, que interpela a cada uno de nosotros, yo diría, personalmente: “¿qué es para usted la cognitivización del psicoanálisis?”, me preguntan directamente los organizadores de estas Jornadas, y la cuestión es tan directa que no puedo evitarla.

La segunda respuesta se refiere al hecho de que la pregunta no tiene como objetivo exactamente medir mis conocimientos cognitivistas, sino más bien saber lo que pienso de una transformación posible del psicoanálisis. No se trata de una pregunta sobre el cognitivismo, sino que es una pregunta sobre el psicoanálisis y sobre el aspecto actual de su crisis, que es permanente.

Debemos, entonces, partir de una hipótesis general: hay un proceso, o un intento, de cognitivización del psicoanálisis. Lo sabemos, porque algunos psicoanalistas o interesados en psicoanálisis -Eric R. Kandel, por ejemplo, que recién comentó Éric Laurent [2], o Daniel Widlocher- lo dicen o lo muestran, creyendo que la cognitivización es un progreso, o por lo menos una defensa, una protección, capaz de impedir que el psicoanálisis se muera.

La mejor manera de impedir esta muerte, piensan seguramente estos psicoanalistas, sería buscar una autorización en la ciencia, sabiendo o no que esta autorización científica abre una serie que incluye otras instancias, como el Estado y la Universidad. La ciencia, dirán los psicoanalistas-cognitivistas, es nuestro real, nuestra exterioridad más sólida, que nos permitirá soportar la natural precariedad de nuestros conceptos y, en consecuencia, la incertidumbre de nuestro futuro. Es decir que en lugar de los discursos, siempre cambiantes e inestables, tendríamos una doble suposición como fundamento: por un lado, una suposición de transparencia del funcionamiento del cerebro, y por otro una suposición de confiabilidad de las evaluaciones cuantitativas. El funcionamiento del cerebro, junto con su hermano cibernético, y la neutralidad supuesta de la evaluación funcionan, si puedo decirlo, como la trascendencia del cognitivismo.

NOTAS
*Trabajo presentado en las Jornadas 2005 de la EOL.

(Continua...)
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