HOMOSEXUALIDAD FEMENINA - Alicia Arenas
“Para Lacan, la mujer homosexual no renuncia del todo a su sexo, pues es a la feminidad a donde se dirige, incluso cuando renuncia al objeto incestuoso e identificándose a él elige a alguien de su propio sexo como partenaire."

EL VALOR AGREGADO DEL PSICOANÁLISIS- Gustavo Arredondo
“Existe un cierto consenso en afirmar que la civilización occidental ha cambiado. La desinhibida civilización actual, llamada hipermoderna, no es la misma para la que Freud inventó el psicoanálisis, es decir, la sociedad disciplinaria ordenada e inhibida por la ley del padre."

ESTRAGO MATERNO Y PROSTITUCIÓN ADOLESCENTE - Mario Elkin Ramírez

“En efecto, algunas adolescentes declaran en la institución, que descubrieron sólo tardíamente que tener relaciones sexuales con sus padres no era normal, lo que no excluye, en algunas de, ellas el horror por haber vivido durante años en esa trasgresión, se instaura en ellas un sentimiento de autodesvalorización y que, desde entonces, nada les importa en la vida."

EL ODIOAMORAMIENTO - Marita Hamann
“…cuando se ama se ama y, especialmente, cuando se odia no se ama. Pero es verdad que no hay amor que no suscite eventualmente el odio y que el odio pueda ser la otra cara del amor, una cara que puede surgir y desbordarse."

EL AMOR EN LA CIUDAD - Mayra de Hanze
“Un amor que no se propone eterno es odioso, porque el amor apuesta a la intemporalidad, quiere desconocer el tiempo."


 

 

 

HOMOSEXUALIDAD FEMENINA

ALICIA ARENAS
Analista Miembro de la Escuela (AME) de la Asociación Mundial de Psicoanálisis
y de la Nueva Escuela Lacaniana (NEL – Miami)

Puede decirse que el trabajo de Lacan sobre el Nombre del Padre es especialmente indicativo cuando se trata de pensar la homosexualidad femenina, en la que la relación al padre ocupa un lugar central.

En la referencia simbólica dada por Lacan en los años 56-57 [1], la asunción subjetiva de lo biológico implica para ambos sexos situarse en relación al atributo fálico, lo que introduce una lógica del más y el menos, del tener o no tener. La posición sexual a la que el sujeto se identifica tiene, en ese momento de la enseñanza, una directa relación al significante del Nombre del Padre como referencia del Deseo de la Madre, y la implicación de que ambos sexos han de pasar por la vía de la virilidad y sus equivalencias.

Desde esta perspectiva, el caso princeps de la Joven Homosexual [2] es pensado por Lacan [3] como una identificación imaginaria al padre por la decepción que éste le causa al “faltar” a la promesa simbólica de darle un hijo/falo. Esto hace surgir la frustración en la joven, lo que significa que dé un paso atrás en el camino de la simbolización y se desate un desafío imaginario hacia el padre, expresado en una elección homosexual.

Con el desarrollo del concepto de objeto a, Lacan introduce el campo de lo heterogéneo en el goce sexual y un tipo de ausencia deslindada de la dialéctica fálica, que hay que situar en lo real. A partír de esto, Lacan subraya en el Seminario X [4] la dimensión de acting out y de pasaje acto en la escena del encuentro de la Joven Homosexual y su dama con la mirada irritada del padre. Este aspecto de la dinámica muestra que en ésta elección sexual, además de la pura identificación fálica puede verse, en la demostración dirigida al padre, que una mujer le señala a un hombre el lugar de objeto causa de deseo que quisiera ocupar, lo que implica la presencia de una demanda de amor.

Hay que subrayar aquí la indicación que nos da Lacan en relación a la ausencia de fetichismo en relación al órgano fálico [5] en la homosexualidad femenina, lo que sí sitúa como presente en la homosexualidad masculina. Para Lacan [6] la mujer homosexual no renuncia del todo a su sexo, pues es a la feminidad a donde se dirige, incluso cuando renuncia al objeto incestuoso e identificándose a él elige a alguien de su propio sexo como partenaire.

La formalización posterior de Lacan de las fórmulas de la sexuación [7] establece la posición femenina como un más allá del falo. Una mujer puede ocupar el lugar de objeto del fantasma masculino pero cuando se trata de su propia subjetividad La/ Mujer tendrá la alternativa de identificarse al falo, ocultando su privación para situarse del lado del tener, o bien asumirla como agujero en el campo de lo real, lo que estaría del lado del ser, del fabricarse un ser con la nada [8], vía la relación al S (A/). Que estas posiciones puedan convivir, permite aproximarse a lo que plantea Lacan respecto de ese dirigirse a la feminidad en las distintas formas en que se presenta la homosexualidad femenina.

Con la noción de la pluralización de los nombres del padre en 1963 [9], Lacan formaliza que otros significantes pueden venir a su lugar en forma equivalente. En los seminarios RSI (1974-75) y Joyce, el Síntoma (1975-76), esa misma perspectiva permite pensar en la idea de suplencia del Nombre del Padre, es decir, modos sintomáticos resolutivos singulares que cada uno puede encontrar para estar en el mundo sin ser estragado por su goce, y que implican la noción de una forclusión generalizada del Nombre del Padre.

En ese momento de la enseñanza habría que pensar que el lado femenino de las formulas de la sexuación queda de algún modo generalizado al ser que habla, ya que el Otro sólo se haría presente como A/ . Esa es la perspectiva que señala la fórmula No hay relación sexual entre el sujeto y el Otro, apuntando precisamente que lo que hay es el goce del síntoma.

Esta afirmación subraya, además, la no relación encadenada entre S1 y S2, que deja sueltos los S1, sin el Otro, como goces unos que no están organizados en discurso pero que, sin embargo, pueden establecer lazo, vía las distintas formas de suplencia.

¿Cómo pensar, desde este punto de vista, los logros de los movimientos políticos para que las elecciones sexuales permitan establecer estilos de vida, a partir de su inclusión en las leyes como derechos minoritarios?.

En los EEUU, por ejemplo, la comunidad homosexual organizada como minoría política obtiene en 1973 que la American Psychiatric Association retire la homosexualidad del DSM y que la American Psychological Association declare en 1975 que la homosexualidad no es un trastorno. En 1994 ésta misma asociación establece que la homosexualidad no es una elección y que no se trata de una enfermedad mental ni de una depravación social, sino de la forma de expresión de amor y sexualidad de una minoría. De ahí en adelante, el intento de un psicoterapeuta de cambiar la orientación sexual de un paciente o de referir un paciente a una institución que se ocupe de estas prácticas, es considerado fuera de los principios éticos que se exigen a los miembros de la asociación.

Lo que el concepto de forclusión generalizada del Nombre del Padre ofrece es, precisamente, la posibilidad de que cada uno pueda instalarse en el mundo desde la perspectiva de un “hacer con” su goce y de “fabricarse un ser” allí donde no hay nada. Es un modo de entender la idea de Lacan de prescindir del padre y a la vez usarlo como instrumento.

Las nuevas formas de familia constituidas por parejas estables de lesbianas que deciden adoptar niños o tener hijos por inseminación natural o artificial muestran un tipo de lazo y de organización familiar donde se excluye la noción de paternidad ya desde el certificado oficial de nacimiento. Al tratarse de parejas donde hay dos madres declaradas y donde ninguna puede legalmente ocupar el espacio designado para el nombre del padre, éste queda simplemente vacío. ¿Es ésta una forma de prescindir del padre a la vez que servirse de él en tanto hay un paso por la inscripción en el Otro social?

Si lo que Lacan plantea es que la manera en que cada uno encuentra su modo de hacer lazo pasa por algo que es inclasificable, entonces no siempre será posible que esto coincida con las inscripciones que el Otro ofrece. Lo que es seguro es que es insuficiente tomar los significantes del Otro para darse un ser, a lo sumo podrán usarse para instalarse oficialmente en la vertiente del tener. Vía la maternidad, por ejemplo.

Que los problemas que preocupan hoy a los homosexuales no sean los mismos de ayer y que lo político y lo jurídico termine siendo lo que define sus modos de vida, no implica que del Otro venga garantía alguna respecto del ser de goce: cada sujeto seguirá cargando con su responsabilidad de tratar aquello que no le sea posible manejar.

La homosexualidad femenina, así como otras formas de goce, puede hoy tomar diferentes formas de expresión. No parece posible pensarla sin el falo, o sin el fantasma, o sin la suplencia sintomática, ni tampoco fuera de la civilización a la que pertenece, que desarrolla sus propias formas de organizar lo real con mayor o menor éxito. Un real que por un lado empuja a la organización de discursos, es decir, de semblantes, pero que al mismo tiempo termina dejando lo mas vivo del goce fuera de la ley.

Ahora bien, arreglárselas con la singularidad en una forma original para cada caso, es algo que no va bien con las banderas políticas, pues exige apuntar al “no todo x”. Hacer existir al padre lleva inexorablemente a hace existir el falo, no a poner a trabajar la nada. Elegir la homosexualidad femenina, hoy, como modo de representarse ante el mundo, no excluye que cada caso particular tenga que darse al trabajo de construir el campo de su ex-sistencia respecto del Otro.

NOTAS
[1] Lacan, J. El Seminario, Libro IV. Las Relaciones de Objeto. Edit.Paidós.1994.
[2] Freud, S. Obras Completas. Sobre la Psicogénesis de un caso de Homosexualidad Femenina. Edit.
Amorrortu.
[3] Lacan, J. El Seminario, Libro IV. Las Relaciones de Objeto. Edit. Piados. 1994.
[4] Lacan. J. Le Seminaire, Livre X. L’Angoisse. Edit. Seuil. 2004.
[5] Lacan, J. Ideas directivas para un Congreso sobre la sexualidad femenina. Escritos 2. Edit. Siglo
XXI.1975.
[6] Ibid.
[7] Lacan. J. Psicoanálisis, Radiofonía y Televisión. Edit. Anagrama. Barcelona 1977.
[8] Miller. J.A. De Mujeres y Semblantes. Pg.88. Cuadernos del Pasador 1.Buenos Aires 1994.
[9] Lacan, J. Seminario sobre Los Nombres del Padre. 1963. Inédito.

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EL VALOR AGREGADO DEL PSICOANÁLISIS

GUSTAVO ARREDONDO
Analista Practicante (AP) de la Nueva Escuela Lacaniana (NEL – Medellín).
Miembro de la Asociación Mundial de Psicoanálisis.



I. El amor disciplinario. La civilización freudiana

El matrimonio es la principal causa de divorcio
Groucho Marx.

Existe un cierto consenso en afirmar que la civilización occidental ha cambiado. La desinhibida civilización actual, llamada hipermoderna, no es la misma para la que Freud inventó el psicoanálisis, es decir, la sociedad disciplinaria ordenada e inhibida por la ley del padre. Las consecuencias de esta mutación son, entre otras, la desconexión, el desanudamiento en el sujeto contemporáneo, entre los asuntos del amor y los del goce. Gabriel García Márquez en El amor en los tiempos del cólera lo dice bastante bien refiriéndose al dolor de Florentino Ariza, cuando con pasiones terrenales sustituía el vacío que el amor ilusorio de Fermina Daza cavaba en su vida. Un día Florentino se había preguntado cuál de los dos sería el amor, llegando de esta manera a la definición del amor dividido: amor del alma de la cintura para arriba y amor del cuerpo de la cintura para abajo.

Por un lado, lo sublime del ideal; por el otro, las pasiones de lo real. Esta división en el sujeto freudiano entre amor y goce, entre sentido y real, describe bastante bien la fuente de su malestar incurable. No hay manera en una vida propiamente humana, de reducir esta división. Sin embargo división no puede ser desconexión, desanudamiento.

Lo importante es saber cómo trata esta división la civilización disciplinaria. La trata reprimiendo el goce y valorando el ideal. Lacan formalizara este tratamiento de la civilización diciendo que el significante del padre valorado se substituye al significante del deseo de la madre desvalorizado, reprimido. El síntoma o Malestar en la civilización es la resultante de este tipo de tratamiento del goce, vía la censura.

Freud inventó el psicoanálisis para tratar la demanda que parte de la voz del sufriente, de alguien que sufre de su cuerpo o de su pensamiento; es decir, los síntomas que generaba el sometimiento del sujeto del siglo XIX a este efecto de substitución: ante la irrupción abrupta del impulso a la satisfacción del goce, el sujeto responde con el amor al padre y por la vía de la culpa surge la construcción del ideal y el sometimiento a leyes insensatas, es decir, cargadas de un exceso de sentido e identificaciones dolorosas que la conmemoran.

Desde este punto de vista, el goce queda situado en la lógica de un circuito en el cual, sólo puede satisfacerse bajo la forma de la trasgresión, del desvío, de la violación de la ley del padre. Y el síntoma -o lo que el sujeto considera síntoma-, tiene al ideal como referente, como lo hace ver bien Groucho Marx: si el divorcio en la civilización disciplinaria hace síntoma, es porque existe un significante como el matrimonio, eslabonado en la cadena del ideal y saturado de todas las significaciones insensatas y dolorosas con las que el sujeto disciplinado por la ley del padre lo ha investido.

El amor en esta lógica siempre es amor al padre, a su ley, y esta lógica es la del Todo. De allí que lo único posible de esperar del objeto de amor es que satisfaga plenamente los imperativos imposibles de cumplir del sujeto y venga al lugar que le asigna el ideal, el de colmar su insondable falta en ser, no toda atribuible a la represión.

Freud al final de su vida fue consciente que un psicoanálisis apoyado únicamente en lo simbólico de la interpretación, no era suficiente para sacar al goce de este circuito infernal, y en su último texto, Análisis terminable e interminable, se lamenta del psicoanálisis como una obra inconclusa al constatar el hecho que, el análisis tal como estaba planteado no respondía convenientemente al sufrimiento del síntoma.

(Continúa…)
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 ESTRAGO MATERNO Y PROSTITUCIÓN ADOLESCENTE

MARIO ELKIN RAMÍREZ
Analista Practicante (AP) de la Nueva Escuela Lacaniana (NEL – Medellín).
Miembro de la Asociación Mundial de Psicoanálisis.

El psicoanálisis aplicado en una institución de protección de mujeres adolescentes, en riesgo de prostitución, me ha permitido elucidar una relación frecuente entre la prostitución adolescente y el estrago materno. Este último es enunciado en dichos proferidos por las madres, de los que aquí se aísla uno por considerarlo paradigmático de esa relación que pretendemos analizar.

Es recurrente en el relato de la mayoría de estas jóvenes que su encuentro con la sexualidad se hizo por la vía de un abuso sexual incestuoso por parte del padrastro o el padre mismo; acontecimiento acompañado en la mayoría de las veces, del consentimiento implícito de sus madres, quien enterada del hecho no pusieron una palabra para impedirlo. Encontramos el colmo de esta situación en el dicho de una madre que dice a su hija: “déjate tocar por tu papá, porque si no, él se va y ¿con qué vamos a comer?”.

La hipótesis social para explicar la iniciación de las adolescentes en la prostitución, consiste en una victimización de las mismas, no pensadas en tanto trabajadoras sexuales, como es el caso de las mujeres adultas que han elegido este oficio, sino como abusadas sexuales, dada su condición de minoría de edad.

La victimización las coloca por fuera de toda responsabilidad subjetiva y busca las causas de sociales de esa tendencia a la prostitución en estas adolescentes en las condiciones precarias en el nivel económico, educativo, cultural de estas adolescentes o en la descomposición de sus familias.

La hipótesis psicoanalítica nos proviene de Freud, dice que un hábil seductor puede lograr fijar el goce antes del levantamiento de estos diques anímicos que obstaculizan el camino de las pulsiones sexuales: la moral, el pudor, la vergüenza, el asco, el sentimiento estético. Esta interrupción de la latencia, deja al sujeto fijado a la disposición perversa polimorfa de la sexualidad infantil. Allí encuentra Freud un factor que predispone a la práctica de todas las trasgresiones posibles sin encontrar muchas resistencias en diques anímicos contra los excesos sexuales, luego entonces, es una experiencia que predispone a la prostitución.

En efecto, algunas adolescentes declaran en la institución, que descubrieron sólo tardíamente que tener relaciones sexuales con sus padres no era normal, lo que no excluye, en algunas de, ellas el horror por haber vivido durante años en esa trasgresión, se instaura en ellas un sentimiento de autodesvalorización y que, desde entonces, nada les importa en la vida.

La frase en el caso citado es enunciada en su primera parte, bajo la forma del imperativo: “Déjate”. Es un mandato superyóico, obsceno y cruel, que le ordena relajar su cuerpo, ensanchar las exclusas de los diques erigidos en la latencia: aflojar la moral y la vergüenza, no ocuparse del pudor ni del asco, ceder en los ideales estéticos, soltar los amarres que prohíben el incesto, esto es, consentir, así sea contra su voluntad, el abuso sexual de su padre, esa sería la trascripción del dicho como portador de una voluntad de goce.

En el caso, sin embargo, si se verifica que algunos de esos diques lograron instalarse, es decir, que pudo instalar una represión de la sexualidad infantil, que marcara su entrada en la latencia, pero la interrupción de este período, cortocircuita la adolescencia para instalar una sexualidad adulta, que incluye el encuentro sexual con un otro, a pesar de su cuerpo de niña, aun en metamorfosis.

Es una irrupción de lo real del goce de su padre que supera en ella la diferencia entre a sexualidad infantil y la adulta, es decir, el encuentro traumático con el otro sexo, aquí redoblado por su carácter incestuoso.

Si la prohibición del incesto es, entre otras, la que fundan la cultura, la enormidad del mandato materno viene del dictamen a la sujeto de renunciar a una función civilizadora y también la sentencia de abandonarse a sí misma, de renunciar al ser.

La segunda parte de la consigna materna “porque sino, él se va ¿con qué vamos a comer?” Es una frase que bajo una proposición condicional y una pregunta justifica el emplazamiento de la niña en la división subjetiva, tiene que escoger entre sus diques anímicos y la culpa derivada de desacato por dejarlas en la inanición. Es una voluntad de goce que obliga a la hija a consentir enunciar, contra sí misma, un “tócame” dirigido a su padre.

La estrategia perversa del padre está lejos de la père-version, pues no reprime en el justo medio su goce, no hace de su mujer el objeto que causa su deseo, sino a su hija instrumento de goce, y más bien coloca a su mujer como la embajadora de su voluntad pura de goce dirigido por persona interpuesta a su hija, para obtener la división subjetiva de ésta, el lugar de la razón práctica, eligiendo entre preservar la prohibición del incesto o ser el instrumento del goce del padre, mientras que, por su parte, éste se reserva en la escena perversa, el lugar del objeto (a). Ella elige ser la puta de su padre, porque de ella dependía entonces la subsistencia.

Pero lo que atormentaba a esta niña era el hecho de no entender porqué su madre era cómplice de esa maniobra en vez de protegerla ¿Por qué la entregó al goce del padre? No creemos que la apelación a la manutención sea una razón psicológica suficiente. La conjetura es que la madre sabiendo que no era ella la causa del deseo de su marido, no obstante, se hace embajadora del goce de éste, animada a su vez por un goce femenino no reductible al deseo.

Es la parte loca de la madre en la que vemos emerger a la mujer que entrega a la hija al padre como objeto sexual. Ella también transgrede un límite, procura el franqueamiento de la barrera del incesto. Su goce no está completamente limitado por el falo. Aunque, en un borde de su sexuación quiera conservar el falo de su marido a su lado, así sea para el uso en la hija y como prueba de amor al marido la sacrifica; en ello, se verifica en el otro borde de su sexuación, un desenfreno que inunda todo el dicho cuando sabemos que fue enunciado como imperativo al servicio de una voluntad de goce de su marido.

Ella consiente el abuso provocando el estrago en la hija, con tal de que su marido se quede. No enlaza su deseo de madre al nombre del padre y así articular el deseo a la ley. Al contrario, le trasmite el derecho a gozar del hombre que les da la subsistencia, legitima al padre del goce y excluye al padre que prohíbe.

Pero, ¿por qué paga ese precio para conservarlo? Es posible que no quiera perder su amor como equivalente femenino de la angustia masculina de castración y por ello se acomoda al fantasma perverso de su marido. Pero en ese movimiento “sacrifica” a la hija; posiblemente ame a la hija, pero renuncia a ella para conservar al hombre; tal vez, además, la odie, desde la dimensión femenina que la hija encarna y a ella le es negada.

Freud lee la envidia de la madre por la juventud y belleza de la hija, mientras reconoce ella misma, su declinación. Pero entregarla al padre es un acto excesivo, un “sin límite” que, más allá de la lógica fálica, satisface un goce femenino: Tal vez en ese acto, a través de la hija, ella logre además, ser otra para sí misma y para su marido. Pero ese acto tiene por consecuencia en la hija el estrago de no encontrar en esa mujer una madre, que le sirviera de contrafuerte al incesto. Y luego de franqueada esa barrera siente una desvaloración y un sin límite que la hace elegir la prostitución.

Otros dichos de adolescentes en una situación similar confirman el estrago materno: “para mi madre -dice una-, soy un instrumento al servicio del disfrute sexual de los hombres en los que se incluye mi padre”, “mi padrastro intentó abusar de mí y cuando le conté a mi mamá, ella no me creyó y me echó de la casa, siento mucha rabia porque ella lo prefirió a él y no a mí”, “mi madre siempre supo que mi padre no me veía como a una hija sino como a una mujer, pero ella nunca dijo nada. Un día él intentó abusar de mí y, sin embargo, ella en vez de ponerse de parte mía, dijo que era yo la que lo provocaba”.

En su anuencia de la perversión del padre, estas mujeres redujeron a sus hijas a la posición de ser instrumento de un goce sin ley, donde lo que está comprometido es el ser del sujeto y su insondable decisión.

NOTAS
* Este artículo me fue suscitado -en el marco de una Maestría en Psicoanálisis-, por la dirección del trabajo de grado de Sofía Fernández, a quien doy aquí mi agradecimiento por su interlocución. Agradezco además a la institución “Hogar Laura Vicuña” en donde como asesor externo me fue dada la oportunidad para discutir con el equipo terapéutico, algunos casos de adolescentes iniciadas o en riesgo de prostitución en la ciudad de Medellín.

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 EL ODIOAMORAMIENTO

MARITA HAMANN
Analista Practicante (AP) de la Nueva Escuela Lacaniana (NEL – Lima).
Miembro de la Asociación Mundial de Psicoanálisis.


Cuando hablamos de amor y de odio hablamos de las pasiones del ser; decimos que son pasiones del ser para distinguirlas de las pasiones del alma, que responden a un concepto diferente y respecto de las cuales Descartes hizo un tratado. Las pasiones del alma son algo así como los estados del humor más o menos constantes en su sujeto. En ese sentido, son afectos que no guardan relación con un otro específico, con el semejante, sino que son modos de relacionarse con lo que sucede en uno mismo, digamos. Las pasiones del ser, en cambio, se distinguen por estar en estrecha relación con un otro, con alguien en especial, y se desatan ante esa presencia. Puede decirse que son tres: el amor, el odio y la ignorancia.

Estas pasiones, que llamamos del ser, se caracterizan porque imponen una acción sobre el sujeto, que requiere del otro para colmarse o para calmarse. Además, tanto el amor como el odio se sostienen en una certeza, una certeza que se apoya en los efectos que esas pasiones producen sobre el cuerpo. La pasión amorosa, tanto como el odio, no son ideas ni pensamientos solamente; en lo principal, son sensaciones que se padecen en el cuerpo; de allí precisamente la certeza que producen.

Entonces, una pasión, en general, es ante todo algo que sucede en el cuerpo. Cuando se dice por ejemplo “la pasión de Cristo”, se alude al sufrimiento de Cristo en la cruz y cuando los místicos entran en relación con eso, padecen los estigmas de la crucifixión, lo que les da la certeza gozosa, por cierto, de estar en relación con Dios.

Visto así, la pasión es algo que eventualmente se desborda en el impulso de ir a buscar aquello que falta, es decir, aquello de lo que se padece en el ser. Son pasiones del ser porque están en relación a una falta de ser en el sentido de la incompletud, evocan la falta de completud, la falta de ser del sujeto. Esto no quiere decir debilidad, ni insuficiencia, ni baja autoestima. Si los seres hablantes se relacionan con otros es porque algo del orden de la falta está siempre en juego y que la realización del propio ser no puede prescindir del lazo con otros; en consecuencia, ninguno de nosotros está libre de pasiones.

Jacques Lacan acuña la palabra odiamoramiento porque le parece más precisa que aquella de ambivalencia. Ambivalencia es una palabra ambigua que parece querer decir que en todo vínculo hay una suerte de equilibrio entre el amor y el odio, y que ambos conviven. No es necesariamente así porque cuando se ama se ama y, especialmente, cuando se odia no se ama. Pero es verdad que no hay amor que no suscite eventualmente el odio y que el odio pueda ser la otra cara del amor, una cara que puede surgir y desbordarse. Es como dice nuestro vals: “… pero ten presente, de acuerdo a la experiencia, que tan sólo se odia lo querido”.

De todos modos, no es seguro que se trate de sentimientos que estén en el mismo nivel aunque guarden relación. Freud había dicho, en 1915, que el odio era más primitivo que el amor. Se refiere a que se odia, en primera instancia, a lo que produce dolor; en un sentido amplio, esto implica que el odio puede quedar ligado a aquello que viene a perturbar una cierta homeostasis, un equilibrio interno, tanto desde el mundo exterior como desde el interior mismo. Los propios deseos son requerimientos internos que obligan a una cierta acción, a un movimiento. Frente a esos deseos el ser humano se siente muchas veces desvalido e incapaz de satisfacerlos por sí mismo y por ese motivo puede preferir apartarlos de sí todo lo más que le sea posible.

Aparentemente, entonces, se ama lo que va en el sentido del placer, lo que se conoce y es afín; sin embargo, no es del todo así. Se ha dicho mucho acerca de las condiciones narcisistas del amor pero lo cierto es que no todo en el amor sexual es narcisista.

(Continúa…)
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 EL AMOR EN LA CIUDAD

MAYRA DE HANZE
Analista Practicante (AP) de la Nueva Escuela Lacaniana (NEL – Guayaquil).
Miembro de la Asociación Mundial de Psicoanálisis.

En el año 85 una joven escritora guayaquileña [1] publica lo siguiente:

El reloj miró la tierra
y la tierra se hizo tiempo
una cinta en su cintura
dió forma a sus latido
su olor a humanidad
es una especie de espesura
erecta de pisadas
se dio el lujo de esgrimirse
no es redonda como dicen
es un motín de avergonzados


Después de veinticinco años, una generación de jóvenes adolescentes y jóvenes adultos nos hacen saber lo contrario.

Dicen los comunicadores que trabajan con grupos juveniles, sociólogos, intérpretes y moderadores de grupos juveniles marginales, que se trata, más bien, de un motín de desvergonzados.

El malestar lo ubican rápidamente en el deterioro del lenguaje, traducido como una pobreza lingüística.

Los profesores alarmados preguntan, qué hacer, ante la imposición de un sensual y violento lenguaje corporal, marcado por ritmos y sonidos que expresan una parafernalia báquica ya no ejecutada al margen o litoral de la ciudad sino en el centro de ella.

¿Y del amor? ¿Qué decir?, ¿cómo se aman? Tal vez ya no hay avergonzados como efecto de encuentros anónimos y silenciosos; a cambio, encontramos solitarios.

En este escenario que Eric Laurent nombra como el crepúsculo del deber y la aurora del síntoma ¿qué puede decir el psicoanálisis de la relación amorosa?

Jacques Lacan, en el Seminario XI, opone la lógica del inconsciente, en la que el objeto siempre está perdido, a la lógica del amor, en la que siempre se encuentra el objeto.

Un amor que no se propone eterno es odioso, porque el amor apuesta a la intemporalidad, quiere desconocer el tiempo.

La experiencia analítica nos enseña el carácter intermitente del deseo como sexual. La constancia, el carácter indestructible del deseo inconsciente, es compatible con las variaciones de la investidura de un objeto particular, precisamente porque el goce tiene consecuencias sobre el deseo.

Freud no retrocede cuando nos dice lo que significa gozar del objeto: todo goce del objeto tiene por consecuencia un rebajamiento de su valor erótico. Y esto muestra que el goce tiene una temporalidad, una temporalidad de tensión en la insatisfacción y de resolución en la satisfacción.

El punto de vista de Freud está ordenado sobre todo a partir de lo masculino.

En el hombre, el ciclo del goce está perfectamente marcado. El goce fálico tiene un ciclo y es el instrumento y sede de ese goce.

Del lado masculino, se trata de un goce escandido, numerable, contable.

Freud se da cuenta de que el valor erótico del objeto sufre una disminución después de ese acontecimiento, pone en evidencia que hay una incidencia directa del acontecimiento del goce sobre el valor erótico del objeto.

Del lado femenino las cosas ocurren de otro modo. Eso está marcado por la exigencia del amor sobre el relevo temporal del goce. Una vez que el goce del hombre ocurrió, es preciso que el amor ocupe su lugar.

¿Qué indican estas dos formas distintas? Indican lo que, de acuerdo con cada una de estas dos estructuras, un sexo va a buscar en el Otro, es decir, la forma que se le impone a su objeto; por tanto, dos objetos, el objeto fetiche y el objeto erotomaníaco.

Lo que distingue a la forma fetichista, es un objeto que se satisface en el circuito de supresión de la palabra: el objeto fetiche es, por excelencia, el objeto que no habla; se puede hacer el amor sin hablar.

El hombre heterosexual habla porque se ve obligado, habla porque desde el otro lado, lo que se exige es el objeto erotomaníaco. El objeto erotomaníaco del deseo de la mujer es un objeto que tiene, por el contrario, la forma del Otro tachado y que es esencialmente el Otro que habla, mientras que el objeto fetiche se representa mediante a minúscula. El objeto a minúscula, aquí, condiciona una erótica del silencio. Del lado del objeto erotomaníaco, la palabra del Otro es un elemento intrínseco del goce.

Podría decirse que ahí donde el hombre obtiene goce, la mujer obtendría amor. Es necesario precisar que del lado mujer, el amor está tejido en el goce y es indisoluble.

Esta construcción es coherente con la noción que cuestiona la validez de la fórmula del fantasma para ambos sexos. Lacan, en la elaboración que se encuentra en su grafo, escribe S/ ? a (Sujeto tachado rombo a), para ambos sexos. Pero esta fórmula vale especialmente para el hombre, mientras que para el lado mujer conviene sustituir esta a minúscula por una A/ (A tachada), ese Otro del deseo que ha de hablar para que el sujeto reconozca en él a su objeto.

Esta distribución sexuada es también lo que reporta el síntoma en el lado del hombre y el estrago en el lado de la mujer.

El goce femenino se basa en la diferencia entre goce fálico y goce suplementario. Lacan dice que este goce suplementario es el que es propio de la mujer y es aquel del que no dice nada. Este goce suplementario que se escribe A/ (A tachada), hace que ella tenga dos caras. Por un lado, está el goce del cuerpo, en la medida que ella no está limitada al órgano fálico. Es un goce que rebasa el goce de la palabra.

La tesis de Lacan es que el goce de la palabra, es esencialmente el goce femenino suplementario, es el goce erotomaníaco, en la medida que requiere que su objeto hable, más exactamente que le hable. Al mismo tiempo es un goce del que no hay saber, un goce del que no se puede decir nada: está marcado por el sello de la ignorancia.

NOTAS
[1] Maritza Cino. Poemas.

BIBLIOGRAFÍA
1. Miller, Jacques-Alain, Erótica del tiempo, Buenos Aires, Editorial Tres Haches, 2001.
2. Miller, Jacques-Alain, Una distribución sexual, Uno Por Uno # 47.

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