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EL MODELO CONCENTRACIONARIO
[*] Y LAS TERAPIAS COGNITIVO-COMPORTAMENTALES (TCC)
- Ram Mandil
“Sin
embargo, parece haberse transmitido algo del carácter de los campos
de concentración como “experiencia biológica y social”,
al punto de manifestarse en cierto número de investigaciones biomédicas
que pueblan hoy las revistas científicas.”
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ENTREVISTA AL Dr. FERNANDO
POLACK
- José Ioskin
Hace
unos días el diario La Nación, de Buenos Aires, publicó
una entrevista realizada en París a Mikkel Borch-Jacobsen, quien está
promoviendo la difusión del Libro Negro del Psicoanálisis en
todo el mundo. El 20 de septiembre, el mismo medio publica en su correo de
lectores una carta del Dr. Fernando Polack, pediatra argentino residente en
Estados Unidos, en respuesta a aquella entrevista. Esta nota ha resultado
de muchísimo interés, dado de que además de su contenido
intrínseco, proviene de una persona que reside en USA, que no es psicoanalista
y que, por lo tanto, no puede ser acusado de defender intereses de sector.
Ha sido distribuida ya en la EOL, la ECF y la SLP. José Ioskyn, psicoanalista
de La Plata, lo ha contactado y ha realizado la siguiente entrevista.
EL MODELO CONCENTRACIONARIO Y LAS TCC
RAM
MANDIL
Miembro de la Asociación Mundial de Psicoanálisis.
Analista practicante (AP) de la Escola Brasileira de Psicanalise (EBP-Belo
Horizonte)
Considero que nuestro embate
actual contra las terapias cognitivo-comportamentales es solidario del enfrentamiento
vislumbrado por Lacan en su “Proposición del 9 de octubre”
de 1967, ante las “facticidades” que ya estaban -en ese momento-
en el horizonte del psicoanálisis en extensión. Más allá
del lugar ocupado por la “ideología edípica” que,
entre otros efectos, encubre el valor de la familia en la sociedad vehiculizada
por el discurso de la ciencia, y de los efectos de identificación imaginaria
inducidos por la estructura de los grupos -Iglesia, Ejército y también
sociedades de psicoanálisis- Lacan reconoce, en los testimonios de
la experiencia de los campos de concentración, la “facticidad”
real a partir de la cual “nuestro porvenir de mercados comunes será
balanceado por la extensión cada vez más dura de los procesos
de segregación”. [1]
“Enciérrense en cercas de alambre de púas a miles de individuos, diferentes en cuanto a edad, condición, origen, lengua, cultura y hábitos, y sométanlos allí a una rutina constante, controlada, idéntica para todos y por debajo de todas las necesidades; ningún investigador podría establecer sistema más riguroso para verificar qué es congénito y qué adquirido en el comportamiento del animal-hombre frente a la lucha por la vida”.
A primera vista, el párrafo anterior parece haber sido escrito por un investigador comportamental, asegurando las condiciones experimentales que fundamentarán sus conclusiones: el campo de la muestra, la sumisión y exposición a las mismas variables, la generación del estado de necesidad y la posibilidad de verificación de “qué es congénito y qué adquirido en el comportamiento del animal-hombre”.
Sin embargo, estas palabras fueron extraídas del libro Si esto es un hombre, de Primo Levi, escrito a partir de su experiencia como prisionero en el campo de concentración de Auschwitz. Levi llama la atención sobre un aspecto de los campos muchas veces descuidado: el de haber sido también “una notable experiencia biológica y social”.
Como experiencia comportamental, los campos -según Primo Levi- permiten distinguir dos categorías fundamentales de hombres: los que se salvan y los que se hunden. Es posible reconocer aquí los ecos de lo que la sociedad norteamericana entiende por a winner y a loser. Como buen observador, el escritor italiano verifica que en la experiencia de los campos no se pueden aislar otros pares de contrarios, como por ejemplo “buenos y malos, sabios y tontos, cobardes y valientes, infortunados y afortunados”; precisamente por ser menos bien definidos, menos congénitos y, principalmente, por admitir “graduaciones intermedias más numerosas y complejas”.
Aquí se incide en un aspecto fundamental del carácter comportamental de los campos: programarlo de tal manera que cada acción sea, en ese tiempo y en ese lugar, la única posible. Es en ese sentido que Primo Levi verifica que no hay espacio en los campos para el reconocimiento de la locura, en tanto no hay posibilidad de considerar una respuesta distinta de la previamente programada.
En esa perspectiva, prosigue el escritor, sólo es posible reconocer dos categorías producidas por los campos: los que se salvan -precisamente los que por una u otra razón, encuentran la forma de hacerse Organisator, Kombinator o Prominent- y los que sucumben; llamados irónicamente en los campos “musulmanes”, que son aquellos que ejecutan cada orden recibida, que comen sólo una ración y que obedecen a la disciplina del trabajo. Es sabido que éstos no duran más que dos o tres meses, constituyendo “la multitud anónima, renovada continuamente y siempre igual, de los no-hombres que marchan y se esfuerzan en silencio”. [2]
En otras palabras, las dos categorías que permiten distinguir los campos son la de los que contribuyen a organizar y mantener la experiencia, y la de los que sucumben por efecto mismo de la experiencia.
Podríamos imaginar, y aún desear, haber superado ya esa época. Sin embargo, parece haberse transmitido algo del carácter de los campos como “experiencia biológica y social”, al punto de manifestarse en cierto número de investigaciones biomédicas que pueblan hoy las revistas científicas.
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NOTAS:
[1]
Lacan, Jacques. “Proposición del 9 de octubre de 1967 sobre el
psicoanalista de la Escuela”. En Momentos cruciales de la experiencia
analítica. Manantial. Bs. As. 1987. p. 21.
[2] Levi, Primo. ¿E isto um homem? Trad. Luigi del Re. Rio de Janeiro:
Rocco, 1988, p. 88.
* N. del T: palabra textual en el original.
ENTREVISTA
AL Dr. FERNANDO POLACK
JOSÉ
IOSKYN
Colaborador del Equipo de Prensa de la Escuela de Orientación Lacaniana
(EOL).
Miembro de CITA - Institución Psicoanálitica de la Ciudad de
La Plata – Argentina
La
pretendida eficacia de las terapias cognitivo-comportamentales es un argumento
que se propone hoy en día en el marco de la polémica desatada
en algunos países con respecto al tema de la evaluación en el
campo de la salud mental. Los efectos que la ideología que subyace
a estas terapias tiene en la vida cotidiana de las personas, son puestos de
presente en esta interesante entrevista concedida por el Dr. Fernando Polack,
pediatra argentino residente en Estados Unidos al psicoanalista José
Ioskyn
…
José Ioskyn: En tanto pediatra que trabaja en EEUU, ¿qué tipo de síntomas resultan más frecuentes en la interfase entre pediatría y psiquiatría infantil? ¿Cuáles son los trastornos que merecen la derivación al especialista?
Fernado Polack: Nosotros tenemos la suerte de recibir consultas de muchas áreas del país, porque Johns Hopkins es enormemente prestigiosa y existe siempre la expectativa de que llegaremos a un diagnóstico que eludió a los médicos en otro lado. Eso genera un sesgo muy grande de los pacientes que asisten a nuestra clínica, ya que son los que "superaron" las instancias anteriores. Con esta introducción, uno imaginaría que no hay nada más interesante que practicar allí, pero esto es verdad sólo en parte. Yo estimaría que el cincuenta por ciento de los pacientes pediátricos que yo veo en la clínica de infectología tienen, como diagnostico generador de los síntomas que los traen a la consulta, una depresión.
J.I.: Entonces, ¿cuál es específicamente la orientación o la respuesta social en EEUU en cuanto al síntoma de un niño?
F.P.: Todo problema psíquico es un estigma de tal magnitud en EEUU, que los padres prefieren cualquier etiología orgánica infecciosa u oncológica, con tal de no irse de la consulta con un diagnóstico de depresión. Esto me ha traído varios problemas, y he sido increpado muchas veces a los gritos por negarme a confirmar cánceres, encefalitis virales -que destruyen el cerebro-, enfermedad de Lyme -una enfermedad bacteriana muy bien delineada, pero también una gran bolsa diagnóstica para gente con cualquier neurosis en EEUU-, y otros deseos desesperados de la familia para esquivar lo más temido. Esto se complica aun más, ya que la mayoría de los médicos comparte las aprehensiones de los pacientes, por lo que el que parece loco, generalmente es uno.
Quizás un ejemplo revelador es el de la clínica de SIDA pediátrico, que con más de doscientos pacientes pediátricos activos en la década del noventa, y todavía entonces con una considerable morbimortalidad, tenían una terapia de dos horas dos veces por mes. Imagínate que estos chicos son casi todos huérfanos de madre -o la pierden durante sus años de concurrencia a la clínica-, no tienen padre -o lo tienen en la cárcel- y viven con un estigma equivalente a la lepra en siglos anteriores -al punto que no pueden decirle a nadie en el barrio su diagnostico. Sin embargo, el clásico problema era convencer al departamento de psiquiatría de siquiera ver a los chicos. Lo típico era que llegaran, y frente al chico angustiado y agresivo, lo diagnosticaran como "psicosis por SIDA" y al deprimido moribundo como "demencia por SIDA", recetaran un par de medicaciones y hasta más ver. Estos diagnósticos irreversibles descartaban el beneficio de toda intervención terapéutica y, como frecuentemente las intervenciones necesarias hubieran sido monumentales -dadas las condiciones familiares, sociales y financieras de estos chicos-, empezar a discutir desde si valía la pena siquiera ir a verlos, hacía la tarea imposible. Sin ignorar que muy poca gente en salud allí -y menos a nivel poblacional- considera que haya algún beneficio en la terapia y la gran mayoría esta convencida que todo se maneja desde la voluntad.
Como la llegada al psicoanálisis es extremadamente rara y difícil en EEUU, toda persona que tenga un interés en analizarse o llevar a su hijo a terapia, tiene enormes “chances” de terminar en el consultorio de una trabajadora social que aplica un abordaje conductista a todo problema. Siempre recuerdo cuando empecé a hacer pediatría en Michigan, y en la clínica ambulatoria vimos una chica que tenía una parálisis histérica. Yo estaba fascinado y llame al supervisor muy entusiasmado. Casi me desmayo cuando el supervisor mando llamar al kinesiólogo. Le dije, entonces cual sería el plan si el síntoma se trasladaba a otro lado. Textualmente le dije: "¿y si mañana amanece ciega?" Y el hombre me miro sonriente y me dijo: "pues irá al oculista".
(Continúa…)
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