•
VIOLENCIA
Y AGRESIVIDAD
- Héctor Gallo
“El
comportamiento violento de los humanos tiene un sentido, la mayoría
de las veces oculto, y ese sentido no lo revela la biología cerebral,
ni los genes y tampoco se agota en los acontecimientos coyunturales asociados
al
desencadenamiento de la violencia”.
•
COMENTARIO
SOBRE LA JUSTIFICACIÓN ÉTICA DEL ABORTO -
Juan
Carlos Ubilluz
“Este comentario …
no se preocupa tanto por las opiniones conscientes frente al aborto como por
las posiciones inconscientes frente al mismo; como vremos, hay cosas que la
gente no sabe que piensa sobre el aborto”.
HÉCTOR GALLO
Miembro de la Asociación
Mundial de Psicoanálisis.
Analista Practicante (AP) de la Nueva Escuela Lacaniana (NEL – Medellín)
En el texto de Jacques Lacan La agresividad en psicoanálisis [1], el término agresividad denota una presión intencional que se manifiesta en estados emocionales como la cólera, el temor y la tristeza que no paraliza. Ella disgrega, despedaza, mina el buen entendimiento, conduce a la muerte, súbita o lenta, rompe la fascinación del amor, produce desencanto, causa separación, desestabiliza, reduce a la impotencia, desvía, afecta el sentido de la vida y entusiasma a no pocos con la destrucción y el estrago. La agresividad constituye la significación común de no pocos estados emocionales y da cuenta de lo que hay de concreto en ellos. [2]
Que la agresividad se asocie con una presión constante, implica que no es ajena al estrés, pero no es éste su causa, sino uno de sus detonantes sociales. Una persona que pasa con cierta facilidad a ser violenta, es alguien a quien se le atribuye un carácter agresivo. Este carácter no depende de la guerra y la tensión por estrés, porque también se observa en tiempos de paz y equilibrio.
Para el psicoanálisis de orientación lacaniana, un ser humano no es violento por que tenga un carácter agresivo, sino porque comporta una presión sexual y agresiva a la que se le pueden dar respuestas civilizadas o no civilizadas. La presión agresiva es, en sí misma, irracional. Toma por objeto no sólo el rival, el enemigo y el diferente, sino también el más intimo. Vemos, por ejemplo, que la violencia asociada al maltrato recae, generalmente, sobre el más íntimo y el más desvalido. Lo mismo sucede con ciertos crímenes atroces que suelen ocurrir en el ámbito doméstico.
La presión agresiva es humana y posee un sentido que no está en condiciones de comprender sino el mismo sujeto que la padece. Aunque obtener un beneficio político, económico o ejecutar una venganza, pueden servir de motivación agresiva en determinada circunstancia, su concreción depende de las formas de transgresión propias del grupo en el que se manifiesta la ejecución. Tomada en esta perspectiva, la agresividad será un elemento subjetivo dispuesto a manifestarse a partir de cualquier circunstancia favorable.
Es favorable a la agresividad, la pasión del odio, estado del ser que no es ajeno a la venganza. El odio, en su forma civilizada, nos ayuda a alejarnos de quienes nos hacen daño, o de lo que molesta, pero en su aspecto salvaje permite borrar todo lo que no sirva. Originariamente el odio se opone al amor, luego ambos coexisten en el mismo objeto bajo la forma de ambivalencia afectiva y, más tarde, esperamos que el primero se deslice hacía los diferentes, para poder conservar a los cercanos.
Mientras en una relación humana predomina el amor y la idealización, el odio por el mismo objeto se reprime o se dirige hacía objetos alejados del más íntimo. Pero cuando el amor y el ideal declinan en su función civilizadora de la presión agresiva, resurge el odio y es dirigido sobre el mismo que antes fue amado. Mientras el amor es una demanda que nunca abandonará al hombre, el odio es una reacción destinada a rechazar lo que produce displacer. Lo más displaciente en la vida cotidiana, es la cercanía de seres humanos que tienen formas distintas de vivir y a los cuales nada nos motiva a amar.
Es porque la presión agresiva es constante, que hay en la vida cotidiana una renovación más o menos permanente de la envidia, los celos y la rivalidad. Entre los animales esta renovación no se produce, pues no existen estos sentimientos. El instinto agresivo del animal está al servicio del equilibrio ecológico y de la conservación, en cambio la presión agresiva del humano desordena, resquebraja, disocia, fragmenta. El instinto no es un fenómeno de sentido, sino un esquema de comportamiento heredado del que depende el comportamiento animal.
Si bien un animal puede salirse en su comportamiento de cierto cálculo y sorprendernos, no hay allí un sentido a descifrar, ni la explicación se saldrá del orden genético. El comportamiento agresivo del animal no hay que descifrarlo, porque es algo preestablecido desde unos límites biológicamente definidos. El comportamiento violento de los humanos tiene un sentido, la mayoría de las veces oculto y ese sentido no lo revela la biología cerebral, ni los genes y tampoco se agota en los acontecimientos coyunturales asociados al desencadenamiento de la violencia.
Si bien el análisis social y político de un conflicto permite explicar los resortes objetivos de la generación de cierto tipo de violencia en un escenario concreto, el hecho de que en todo conflicto se encuentre una cadena de repetición implica que no basta con eliminar el elemento inmediato de discordia para que se logre una solución definitiva. Nuevos motivos de agresión surgirán, pues algo más estructural que el conflicto circunstancial, alimenta la presión agresiva en los humanos.
(Continúa…) Descargar artículo completo
NOTAS
[1]
Este texto se inspira en las tesis de Lacan Jacques, “La agresividad
en psicoanálisis”, en: Escritos 1, Buenos Aires, Siglo XXI, 1975.
[2] Ibíd.; p. 96.
Ir al inicio de sección
COMENTARIO SOBRE LA JUSTIFICACIÓN ÉTICA DEL ABORTO
JUAN CARLOS UBILLUZ
Asociado a la Nueva Escuela Lacaniana (NEL – Lima)
“Este comentario … no se preocupa tanto por las opiniones conscientes frente al aborto como por las posiciones inconscientes frente al mismo; como veremos, hay cosas que la gente no sabe que piensa sobre el aborto”.
Este escrito es un comentario sobre la justificación ética del aborto en el Perú. No se concentra en el aspecto legal del asunto, puesto que presupone que la legalización del aborto es el reflejo de la hegemonía ética de una determinada sociedad. Este comentario es, además, psicoanalítico y marxista. Psicoanalítico, porque no se preocupa tanto por las opiniones conscientes frente al aborto como por las posiciones inconscientes frente al mismo; como veremos, hay cosas que la gente no sabe que piensa sobre el aborto. Y marxista, porque hace hincapié en que esta posición inconsciente está relacionada de distintos modos con los procesos económicos, políticos y culturales de la época. A diferencia de lo que divulga la sabiduría popular, el inconsciente no es un remanente instintivo, animal o irracional sino, como lo afirma Jacques Lacan, una estructura lingüística exterior que interpreta las vivencias íntimas del sujeto. Por ello, antes de iniciar un proyecto para legalizar el aborto, es importante conocer la instancia inconsciente (éxtima) que interpreta éticamente este acto.
LA MODERNIDAD Y LOS DERECHOS REPRODUCTIVOS
El discurso de los derechos reproductivos -el discurso pro-choice- está estrechamente vinculado al concepto moderno del individuo autónomo, del individuo independiente del Amo (es decir, independiente de la voluntad que representa a la comunidad). En la sociedad medieval, el hombre y su cuerpo eran parte de la “cadena del mundo”, parte indisociable de un todo orgánico. Pero luego de la muerte de Dios -es decir, luego del deicidio que da inicio a la modernidad-, el sentimiento de pertenencia comunitaria se debilita y el proyecto individual adquiere progresivamente mayor relevancia. Aquí es importante hacer hincapié en el lazo intrínseco entre el individualismo y el capitalismo, la fuerza motriz del proceso de modernización. A fin de constituirse como sistema económico dominante, el capitalismo tuvo que desvincular al sujeto de su comunidad tradicional y someterlo como asalariado a la lógica abstracta del intercambio comercial. La concepción del individuo autónomo le era, por tanto, indispensable. Pues si el sujeto no se percibía a sí mismo como una entidad independiente del sentido de la existencia orgánica -de la “cadena del mundo”- que puede hacer lo que le plazca con su propiedad productiva (su cuerpo, su energía, su inteligencia) y adquisitiva, la reubicación geográfica del trabajador y la movilización de sus afectos hacia la producción y el consumo de mercancías estaban condenadas al fracaso. Los derechos del individuo son, por ello, consustanciales a la modernidad capitalista.
Visto desde esta perspectiva, el derecho (re)productivo es el derecho de la mujer a decidir sobre su cuerpo como medio de producción, el feto adquiriendo entonces el estatuto de materia prima y el Yo de la mujer el de propietario capitalista. Así como el dueño de una fábrica puede de un momento a otro clausurarla y mudarla a otro lugar si es que allí minimizará sus costos de producción, la mujer puede (teóricamente) decidir si va a producir hijos con su cuerpo o si va a producir, para usar un ejemplo cualquiera, aviones de combate. Evidentemente, ni siquiera los corredores de bolsa de Wall Street ven las cosas tan fríamente como las hemos expuesto arriba. No obstante, la percepción capitalista de la existencia -convalidada por la realidad material del capitalismo- facilita la asociación de la maternidad con una actividad productiva, así como la separación de la mujer de esta actividad, otrora percibida como intrínseca a su ser. Las mujeres han abortado desde el comienzo de los tiempos, pero que el aborto sea un derecho (re)productivo es un razonamiento propiamente moderno. Es decir, el derecho (re)productivo sólo tiene sentido en una sociedad industrial que ha convertido la naturaleza en una entidad neutra -exenta de valor intrínseco-que puede ser transformada a fin de producir distintas mercancías, y que se ha abocado a optimizar cuantitativa y cualitativamente la producción a través de la consistente alteración de la misma (por ejemplo, a través de la reasignación de roles productivos a los individuos de acuerdo a sus habilidades singulares, del incremento o del cese de la producción de un determinado producto de acuerdo a sus costos de producción o de su valor en el mercado).
LA POSMODERNIDAD Y LA PROHIBICION DEL ABORTO
La modernidad estaba marcada por dos tendencias en tensión: la tendencia “disciplinaria” hacia la organización racional o científica de los sujetos en nombre del progreso y la tendencia “individualista-capitalista” hacia la realización personal. Durante esta época, la fe en el progreso mantenía (mal que bien) las aspiraciones individuales dentro de vastos proyectos sociales: entre ellos, los más importantes, la construcción de la Nación y la emancipación universal (el socialismo). Pero luego de dos guerras mundiales y de los genocidios nazis y estalinistas, la época posmoderna cuestiona los meta-relatos modernos del progreso y de la utopía social, facilitando así la exacerbación de la tendencia individualista. La posmodernidad es, por lo tanto, la época en que la aspiración moderna a la realización personal se desprende de la aspiración (también) moderna a construir y organizar racionalmente una civilización universal.
(Continúa…)Descargar artículo completo
|