SOBRE LA FUNCIÓN PATERNA - Antonio Di Ciaccia
“…la función paterna resume todas las relaciones necesarias para el individuo en su maduración y en su desarrollo, aunque las trasciende a todas. … El Nombre-del-Padre es el término que, en Lacan, designa la función paterna”.

LAS METAMORFOSIS DEL PADRE - Ronald Portillo
“El concepto del Nombre-del-Padre sufre diversas transformaciones a lo largo de la enseñanza de Lacan, transformaciones o metamorfosis que marcan jalones en el work in progress que la caracteriza en su particular recorrido”.

APUNTES SOBRE HOMOSEXUALIDADES - Antonio Pignatiello
“Con respecto a ese imaginario compartido que establece qué debe esperar alguien cuando acude a un especialista que sabe de asuntos sexuales, la vía del tratamiento psicoanalítico del sujeto - no de la homosexualidad - constituye una subversión”.


 

 

 

SOBRE LA FUNCIÓN PATERNA: DE LA IMAGO A LA METÁFORA

ANTONIO DI CIACCIA
Miembro de la Asociación Mundial de Psicoanálisis.
Analista Miembro de la Escuela (AME) de la École de la Cause Freudienne
y de la Scuola Lacaniana di Psicoanalisi del Campo Freudiano.
Reside en Roma

En el “Prefacio para un libro de August Aichhorn”, Freud recuerda haber hecho suyo el viejo adagio de las tres profesiones imposibles: educar, curar, gobernar. [1] Lacan subraya que en Análisis terminable e interminable Freud interviene en la serie sustituyendo Kurieren por un nuevo término: das Analysieren. “El acto analítico sería la tercera de las profesiones imposibles”, concluye Lacan. [2]

Inicio mis notas sobre la primera parte de la enseñanza de Lacan acerca de la función paterna, haciendo referencia a este paso de Freud, comentado por Lacan, para indicar desde el vamos un punto preciso: la función paterna en psicoanálisis es, ante todo, una función de gozne por la que pasan diferentes vías todas ligadas a lo imposible.

Este imposible tiene su raíz en el hecho de que no todo es significantizable y, entonces, no todo puede ser significantizado y ser domesticado por los poderes de la palabra. Lo cual quiere decir que estructuralmente en el universo del lenguaje hay un agujero. Agujero que obligará a Lacan a ir más allá de su primera formulación de la función paterna. Agujero que expresará en el aforismo “no hay relación sexual”. Sin embargo, a pesar de todo, la función paterna es el instrumento que, según Lacan, la misma estructura del lenguaje pone “normalmente” -entre comillas-, a disposición del hablanteser para poder hacer como si el agujero no existiese, o al menos para saber hacer con este agujero.

LA IMAGO

En 1938 Lacan aborda en modo sistemático la cuestión de la función paterna en “Los complejos familiares en la formación del individuo”. De entrada él introduce el texto haciendo consideraciones acerca de las relaciones entre la naturaleza y la cultura en lo que se refiere a la familia humana. Y lo hace no tanto para subrayar los fundamentos naturales, biológicos, que son equivalentes para el hombre y para el animal. El reino animal de hecho es rico en ejemplos en los que los adultos se ocupan de asegurar el desarrollo de la prole. Ahora bien, para Lacan, todo ello no es suficiente para situar la familia propiamente humana. Como él lo escribe “basta reflexionar acerca de la medida en que el sentimiento de paternidad esté en deuda con los postulados espirituales que han marcado su desarrollo para entender que, en este ámbito, las instancias culturales dominan sobre las instancias naturales (…)”. [3] En la estela de la lectura hegeliana que saca a la luz el refinamiento propio del ser humano con respecto al animal, la cultura es el nombre que viene dado a lo que trasciende la naturaleza, aquello por lo cual las necesidades humanas adquieren una movilidad y aquello por lo que sus modos de satisfacerlas se particularizan.

He aquí situados los complejos familiares en un marco ciertamente sociológico, y no es casual que él haga referencia a Durkheim. Pero Lacan no se detiene en la lección sociológica ya que, más allá de la sociología, resulta delineada una secuencia que conjuga lo social con el desarrollo del sujeto. Y lo conjuga sin utilizar todavía lo simbólico en cuanto tal, sino recurriendo a un término -imago-, del que se vale para conectar lo imaginario y lo simbólico. A partir de aquí los complejos familiares toman forma en tres escansiones: el complejo de destete, el complejo de intrusión y el complejo de Edipo. El complejo de destete pone en juego la relación primaria y primordial del niño con la imago materna. El complejo de intrusión pone en juego la relación del niño con la imagen de su semejante. El complejo de Edipo, en fin, pone en juego para el niño la triangulación edípica que tiene como pieza de sostén a la imago paterna. En los complejos, el niño, por medio de la imago, encuentra las modalidades para regular su propia inserción en la vida y la sexualidad.

Como lo hace notar Jacques-Alain Miller, desde ese momento los complejos familiares son articulados con una particularidad, que será una premisa imprescindible del psicoanálisis según Lacan, ya que “las escansiones del desarrollo encuentran su sentido sólo a partir del Edipo”. [4] Esta anotación es importante, porque sitúa dos aspectos que se mantendrán esenciales en la lectura lacaniana de la experiencia freudiana: en primer lugar, indica que el Edipo no se sitúa cronológicamente después de los otros complejos, sino que es concomitante a la misma venida al mundo del niño. El niño no entra en el mundo de lo humano después de haber atravesado estados precedentes, ya que entra inmediatamente en el campo de lo simbólico. Ahora, este campo está estructuralmente puesto en función por el Edipo: en otros términos el Edipo y lo simbólico coinciden. El Edipo opera no ya a partir de un determinado momento del desarrollo, sino que opera a partir del tiempo de la estructura. El tiempo de la estructura es el tiempo del sujeto. Dicho de otro modo, el Edipo no se sitúa en modo diacrónico con respecto a un individuo que viene al mundo, sino que es sincrónico del sujeto mismo.

EL EDIPO Y EL CAMPO DEL LENGUAJE

El complejo de Edipo recubre entonces “con su significación el entero campo de nuestra experiencia” y marca “los límites que nuestra disciplina asigna a las subjetividad: es decir, aquello que el sujeto puede conocer de su participación inconsciente en el movimiento de las estructuras complejas de la alianza, verificando en su existencia los efectos simbólicos del movimiento tangencial hacia el incesto, que se manifiesta a partir del advenimiento de una comunidad universal”. [5] Es en estos términos que Lacan asigna al Edipo la fuerza de estructurar el mundo humano: el Edipo es el principio normativo fundamental, la ley primordial que sobrepone el reino de la cultura, al reino de la naturaleza. Ley que adquiere en la prohibición del incesto el valor de gozne subjetivo. Lacan anuda así las dos vertientes del Edipo: por un lado el Edipo consiste en aquel simbólico que vuelve humano al mundo de los hombres y, por el otro, el Edipo consiste en una limitación radical del goce indicada en la prohibición del incesto. “Esta ley se deja entonces reconocer suficientemente como idéntica a un orden de lenguaje”. [6] De este modo, Lacan hace la juntura entre el orden del lenguaje y el inconsciente freudiano. Son conocidas las referencias que Lacan encuentra en la obra de Freud para mostrar cómo los sueños, los lapsus, los actos fallidos y los síntomas, por ende todas las formaciones del inconsciente, revelan una estructura que es del orden del lenguaje. [7]

EL EDIPO BIFRONTE

El Edipo entonces es bifronte: tiene una cara que es universal, válida para la humanidad; la otra cara, en cambio, es particular, válida para todos pero singularmente, uno por uno. La cara universal se resume en el hecho de que el mundo humano es el mundo simbólico; la cara particular se resume en el hecho de que, para cada ser humano, lo simbólico comporta una pérdida de goce y que lo marca en un modo de todo singular para cada uno. La función paterna es ese elemento que hace de juntura entre estas dos caras.

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NOTAS

[1] Freud, S., “Prefazione a Gioventu traviata di August Aichhorn” in Opere, vol. 10, Boringhieri, Torino 1978, p. 181.
[2] Lacan, J., Il seminario. Livro XVII. Il rovescio della psicoanalisi, 1969-1970, Einaudi, Torino 2001, p. 208.
[3] Lacan, J., I complessi familiari nella formazione dell'individuo, Einaudi, Torino 2005, p. 4.
[4] Miller, J-A., "Linee di lettura", Postfazione a J. Lacan, I complessi familiari, cit., p. 95.
[5] Lacan, J., Scritti, vol. I, Einaudi, Torino 1974, p. 270.
[6] Ibidem., p. 270.
[7] Cfr. al respecto los primeros siete capítulos de: J. Lacan, Il seminario. Libro V. Le formazioni dell'inconscio, 1957-1958, Einaudi, Torino 2004.


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LAS METAMORFOSIS DEL PADRE [*]

RONALD PORTILLO
Miembro de la Asociación Mundial de Psicoanálisis.
Analista Miembro de la Escuela (AME) de la Nueva Escuela Lacaniana (NEL),
de la Escola Brasileira de Psicanalise (EBP) y de la École de la Cause Freudienne (ECF).
Reside en Caracas.

Del padre como Otro al Otro en falta

El concepto del Nombre-del-Padre sufre diversas transformaciones a lo largo de la enseñanza de Lacan, transformaciones o metamorfosis que marcan jalones en el work in progress que la caracteriza en su particular recorrido.

El Texto De una cuestión preliminar a todo tratamiento posible de la psicosis introduce al significante del Nombre-del-Padre como el operador simbólico principal en la metáfora paterna. Este significante es presentado como correlato de un Otro consistente, sin barra, lo que se aprecia cuando afirma finalizando el escrito que el Nombre-del-Padre es el significante del Otro de la ley en el conjunto del Otro significante. [1] Asistimos aquí de hecho a la formulación de la existencia de un Otro del Otro.

Un segundo momento es el de Subversión del sujeto y dialéctica del deseo. Aquí Lacan regresa sobre lo planteado sobre el Nombre-del-Padre en el ensayo sobre la psicosis, para sentenciar sobre la inexistencia de un Otro del Otro cuando establece: “La falta de la que se trata es lo que nosotros hemos ya formulado: no hay Otro del Otro”. [2]

Acto seguido Lacan pasa a referirse al mito freudiano del Padre muerto como un significante en falta, metaforizado como una tumba vacía. Así pasa a existir un vacío, una falta, en el significante del Nombre-del-Padre; falta que Lacan comienza a escribir como S(A). [3] En su introducción, este matema está referido al Padre, al Padre tomado del mito de Tótem y tabú.

S(?) es la escritura del Nombre-del-Padre afectado de una falta, que Lacan escribe (-1), un significante que no se puede contar en el conjunto del Otro, solo susceptible de simbolización por la inherencia de un menos uno. [4]

Inmediatamente Lacan ilustra el S(A/) con el nombre propio, caracterizado por la equivalencia entre el enunciado y su significación. Una vez que la inconsistencia del Nombre-del-Padre ha pasado a escribirse S(A/), la función que permanece en él es la de la nominación.

El nombre propio nombra, sin embargo su acción no abarca a todo el ser. El ser vivo o más bien la parte viva del ser queda por fuera del registro de la nominación, a causa de S(A/) la falta inscrita en el Nombre-del-Padre. De aquí que Lacan se pregunte entonces por la existencia de esa parte del ser que escapa a la mortificación significante propia del “mar de los nombres propios”. [5]

Si la existencia del Otro se prueba amándolo, ¿cómo se probaría la existencia de la parte viva del ser?, se pregunta Lacan. La respuesta viene dada por el goce, para el que no existe significante, lo que marca un defecto en el universo simbólico del Otro.

Del Padre al objeto a

A causa de la falta que le es inherente el Nombre-del-Padre deja de ocupar en la enseñanza de Lacan el lugar prominente de tiempos anteriores. Así en el Seminario X “La angustia”, asistimos a lo que según J-A Miller constituye el inicio del desplazamiento del Nombre-del-Padre por el objeto (a): “El (Nombre-del-Padre) es por tanto secundario en relación a una dimensión que nosotros tenemos que abordar aquí, el rapport a ese objeto esencial que hace función de a {…} y lo que su función aporta en dimensiones nuevas en la relación del deseo a la angustia”. [6]

A partir del momento de este replanteamiento la función de la causa del deseo del sujeto pasa a ser asumida por el objeto (a) en lugar del significante del Nombre-del-Padre.

En un primer momento la falta-en-ser, sinónimo de la-falta-goce, se presentan como la consecuencia directa de la castración, atribuida por el neurótico mismo al padre. Este padre, agente supuesto de la neutralización del goce, reveló a la postre no ser otra cosa sino una expresión del fantasma del neurótico.

Con la pluralización del Nombre-del-Padre en el llamado “Seminario inexistente” se sella la pérdida de valor del Padre en la enseñanza de Lacan, quien llega incluso a separar a la instancia paterna de toda injerencia en la castración simbólica, tal como había quedado establecido desde el Seminario IV La relación de Objeto.

Al plantearse que la estructura del Otro, por ende la estructura de lo simbólico, estaba afectada de una falla también se van a producir reformulaciones en lo que concierne a la función de la castración; de ello dará cuenta el capitulo “Del mito a la estructura” del Seminario XVII El envés del psicoanálisis. El agente de la castración deja de estar representado por el Nombre-del-Padre para pasar a ser atribuido al lenguaje mismo, específicamente al S1. [7]

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NOTAS

[*] Este texto corresponde a la lección del 27-05-05 del Seminario (2004-2005) “El semblante del padre” dictado por Ronald Portillo en la sede NEL-Caracas Pronunciamiento.
[1] Lacan, J., D’une question a tout traitement possible de la psychose, Ecrits, Ed. du Seuil, p. 583.
[2] Lacan, J., Subversion du sujet et dialectique du desir, Ecrits, Ed. du Seuil, p. 818.
[3] Ibid, p. 819.
[4] Ibid.
[5] Ibid.
[6] Lacan, J., Le Seminaire, Livre X, L’angoisse, Ed. du Seuil, p. 295.
[7] Lacan, J., Le Seminaire, Livre XVII, L’envers de la psychanalyse, Ed. du Seuil, p. 146


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APUNTES SOBRE HOMOSEXUALIDADES

ANTONIO PIGNATIELLO
Miembro de la Asociación Mundial de Psicoanálisis.
Analista practicante (AP) de la Nueva Escuela Lacaniana (NEL-Declaración, sede de Caracas).
Reside en Caracas.

Presentamos algunos apuntes clínicos derivados de un conjunto de casos, acerca de los cuales se impone de entrada lo que no hace serie. Ello nos lleva a señalar que hay que tachar el artículo determinado singular -la- para hablar de homosexualidad. La sexualidad no es una, tampoco hay la homosexualidad, así como tampoco la heterosexualidad.

Una parte importante del conjunto indicado son hombres jóvenes, algunos todavía adolescentes, que acuden a la consulta (privada o institucional) con una afirmación: “soy gay”. La misma va acompañada de la queja acerca de los inconvenientes que en su entorno personal se han producido desde que se ha hecho evidente tal “condición”. En varios casos ha sido la familia quien ha hecho presión para que el joven asista a una consulta. Este “soy gay” a la entrada conlleva una demanda implícita, no inconsciente: que el Otro responda haciéndose garante, que valide el enunciado. Este modo de presentarse y de hacerse representar, tiene sustento en un imaginario colectivo relativo a los gays y al papel que las psicoterapias cumplen en estos casos. Dicho imaginario prescribe un asumirse gay, “salir del closet”, acción que toma ribetes de gesto titánico e involucra que decirse gay es una auto afirmación que deja la tarea abierta de lograr la aceptación y respeto de los otros. Dentro de ese imaginario los objetivos de una terapia serían ayudar a la persona a aceptar su condición, darle herramientas para ser feliz y relacionarse positivamente con los demás, así como ayudar a la familia a aceptar la realidad de tener un pariente gay.

La perspectiva apuntada, al ser asumida por la persona que acude en busca de ayuda, no puede ser simplemente desdeñada por el psicoanalista, pero a éste le toca estar advertido del fantasma de omnipotencia que convoca, para ser más precisos, allí donde se enuncia “soy gay” está presente muchas veces la suposición de un amo.

Para el psicoanalista, el enunciado del sujeto lo representa y se inserta en una serie de significantes. ¿Cuáles son los que valen en la particularidad de un sujeto? ¿Qué del inconsciente está en juego en todo esto? Son las primeras cuestiones en las que se juega un posible trabajo analítico.

El psicoanalista no comprende, escucha “soy gay” y le devuelve al interlocutor “y eso ¿qué significa para usted?” Las respuestas que surgen son disímiles: “me gustan los hombres”, “soy de ese grupo en el liceo”, “estoy saliendo con una persona que es gay”, “estuve leyendo en Internet acerca de los gays y llegué a la conclusión de que lo soy”, “soy afeminado desde niño, eso me trae muchos problemas”. La lista puede ser larga y lo que queremos destacar dentro de la variedad es que cada una de las respuestas habla de una posición subjetiva, de un modo de postular al Otro y de abordar el goce, con los que el sujeto del enunciado se encuentra en una relación de desconocimiento, aunque se presenta a sí mismo como portador de un saber revelado.

Con respecto a ese imaginario compartido que establece qué debe esperar alguien cuando acude a un especialista que sabe de asuntos sexuales, la vía del tratamiento psicoanalítico del sujeto - no de la homosexualidad - constituye una subversión. En este punto, algunos deciden darse por satisfechos con dos o tres entrevistas en las que han sido escuchados con respeto, sin ser objeto de juicio, otros pueden emprender un trabajo de analizante.

La posición del psicoanalista involucra no responder a la demanda de un garante; la tarea del psicoanalista es no tener respuestas de antemano. Ella se funda en un vacío de saber que el acto del analista circunscribe, y que pone en juego la falta de significante en el Otro para designar el goce específico del sujeto, lo que puede tener como efecto que el “soy gay” quede en entredicho como la verdad del goce. La no-respuesta radical del analista, se aplica también a la demanda de corregir, que puede estar presente en estos casos. El analista subvierte la idea de un garante de la normalidad a la que habría de ajustar al sujeto, sea en la versión “heterosexual a pesar de todo” u “homosexual encaminado”. Lo que debe caer aquí es un ideal de adaptación que apunta a corregir la “desviación” o a enseñar cómo vivir bien con “lo irremediable”. El analista hace valer un agujero allí donde se espera un garante de la realidad, del bien o de la felicidad.

Porque de lo que se trata es de la verdad inconsciente, de una posición subjetiva en la que se sustenta y que involucra el modo en que el sujeto se las arregla con las aporías del goce, con el deseo del Otro. ¿Cuál es la verdad del deseo? Constatamos muchas veces que tras la aparente afirmación de un modo de gozar y desear, hay un escamoteo, incluso un rechazo, de las paradojas [1] del deseo. Encontramos que ciertos casos involucran un modo de elección de objeto mediada por una escisión, que supone el rechazo de un deseo problemático. En este contexto conviene evocar lo planteado por Freud acerca de los modos generales de degradación de la vida erótica y un tipo de elección de objeto en hombres. [2]

La afirmación de una condición gay recubre en realidad una variada gama de modalidades subjetivas entre las que podemos destacar la puesta en acto en la escena del Otro, la identificación imaginaria, la respuesta a un goce al que se le da el significado de homosexual, la formación sintomática (tanto en su modalidad de pareja-síntoma como en la modalidad de una ideación obsesiva).

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NOTAS

[1] Lacan, J., (1985) Escritos 2. México: Siglo Veintiuno Editores. Págs. 617 y 618.
[2] Freud, S., (1981) Obras Completas. Madrid: Biblioteca Nueva. Págs. 1625-1630 y 1710-1717.


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